La urgente necesidad de acelerar el cambio vasco


Durante los últimos días, y por si alguien tenía alguna duda al respecto, una cosa ha quedado clara en el País Vasco: tras su derrota en las urnas el pasado 1 de marzo, el mundo nacionalista, lejos de acercarse a las instituciones democráticas y de comenzar a respetar la legalidad, ha optado por echarse definitivamente al monte y por abonarse satisfechamente a la estrategia radical diseñada por los etarras y sus cómplices de paisano.

A lo largo de las últimas semanas, los ciudadanos vascos hemos contemplado abochornados e indignados cómo el PNV en particular, y al resto de las formaciones nacionalistas en general, han criticado duramente a la Ertzaintza por actuar eficazmente contra los proetarras o cómo la base social nacionalista, la misma que jamás ha levantado la voz para honrar a las víctimas del terrorismo, se ha mostrado sumamente sensible cuando la dignidad democrática ha tratado de barrer la exaltación terrorista de las calles de Euskadi. Pero, sobre todo, hemos comprobado, una vez más, cómo para los independentistas, más allá de las siglas bajo las que éstos se cobijen, el Gobierno liderado por Patxi López con el apoyo del Partido Popular vasco no es más que una piedra pasajera y molesta en su irreducible caminar hacia la consecución de una mítica, sangrienta y fantasmal patria vasca.

De hecho, el pasado sábado se reunió en la localidad francesa de Ustaritz la denominada Mesa de Malzaga, que aglutina a las formaciones nacionalistas que en 1998 firmaron el Pacto de Estella con la banda terrorista ETA. Del encuentro de estas organizaciones se sacó una conclusión: “Es necesario proceder a la acumulación de fuerzas abertzales como oportunidad para la apertura de un nuevo tiempo que cambie la actual situación.”. Es decir, que afirman lo mismo que dicen los terroristas en sus comunicados de sangre. Por si todo esto fuera poco, los sindicatos independentistas ELA, LAB, ESK, Stee-Eilas, Ehne e Hiru, que el pasado 21 de mayo lideraron una huelga general en el País Vasco y Navarra con un seguimiento ridículo por parte de los trabajadores, han anunciado una nueva campaña de movilizaciones contra el Gobierno de Patxi López, lo que pone de manifiesto cómo el totalitarismo nacionalista vasco está empleando su influencia en los ámbitos laborales y económicos para dinamitar al Ejecutivo no nacionalista.

Ante esta situación, el tempo pausado y los ritmos lentos para el cambio que Patxi López y Antonio Basagoiti acordaron imprimir al primer gobierno no nacionalista de la historia del País Vasco, deben comenzar a acelerarse, siempre con dos objetivos prioritarios: por una parte, solidificar la actuación de las instituciones democráticas en el País Vasco, y, por otro lado, garantizar que la búsqueda de la libertad perdida tras décadas de totalitarismo nacionalista no va a estar empañada por una forma de hacer política timorata, acomplejada e inhibida ante quienes siempre han manejado este país como si se tratara de un cortijo propio y exclusivo.

En este sentido, un primer paso, y el más urgente, debe consistir en poner en marcha la iniciativa que descabalgue al PNV de la Diputación de Alava. Es una auténtica necesidad para la democracia vasca, desde un punto de vista político, social y cultural, que el ultranacionalismo obsceno, fanatizado, ademócrata y reaccionario pierda cotas de poder en la comunidad, sobre todo cuando esta potestad no le corresponde por el mandato de la urnas. Que el PNV pase a la oposición en la Diputación alavesa implica un reparto más ajustado del poder territorial entre nacionalistas y no nacionalistas, supone una disminución importante de los recursos económicos controlados por los nacionalistas para llevar a cabo sus continuas afrentas a las libertades civiles de los ciudadanos demócratas y, sobre todo, transmite un recado rotundo y contundente: que el cambio en Euskadi no es una simple anécdota reducida a un paréntesis temporal de cuatro años y limitada al reducto del Ejecutivo autónomo, sino que, efectivamente, es una estrategia política liderada por el PSE y el PP para, de una vez por todas, asentar los pilares y la presencia del Estado democrático español en Euskadi.

Una pregunta, crucial, queda en el aire: ¿De verdad desea el PSE-PSOE lanzar este mensaje?

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