Lo que une a los nacionalistas vascos y a los terroristas vascos


Como se ha podido ver a lo largo de las últimas semanas por las declaraciones de mentes tan preclaras como las de Josu Erkoreka, Joseba Egibar o Juan María Atutxa, o las más recientes del diputado general de Gipuzkoa, Markel Olano, al mundo nacionalista vasco en general, y al PNV en particular, le repele la lucha policial y judicial efectiva, firme y persistente contra el terrorismo.

Una de las razones principales de este aberrante comportamiento, que en su grado más extremo fue puesto en práctica por los sucesivos gobiernos encabezados por Juan José Ibarretxe, puede rastrearse en la existencia de una intensa cercanía ideológica, proximidad política y vecindad sociológica entre el etarra fanatizado que asesina y los nacionalistas de salón que, a lo largo de las últimas tres décadas, se han limitado a ver pasar los cadáveres de las víctimas con el rostro impertérrito e impasible de quienes llevan muchos años conviviendo y alimentándose de la barbarie.

En este sentido, nacionalistas vascos “moderados” e independentistas vascos que matan o apoyan a los que se matan se encuentran ligados por infinidad de proyectos políticos, sociales, económicos y culturales compartidos, que llegaron a su grado máximo de concreción con el Pacto de Estella de 1998. Tanto es así que, de hecho, todas las iniciativas de envergadura que los diferentes ejecutivos de Juan José Ibarretxe impulsaron en sus diferentes legislaturas se sacaron adelante con la aquiescencia de los proetarras.

El PNV está firmemente convencido de que el final de los terroristas y el ocaso de los apologetas de los criminales será también el comienzo del crepúsculo para las opciones políticas nacionalistas. Y, por ello, y porque los asesinatos, los chantajes, las amenazas y las coacciones se dirigen preferentemente hacia los ámbitos sociológicos constitucionalistas, los adalidades de esa farsa sanguinaria que es la patria vasca desconfían y reniegan de la aplicación de las leyes democráticas para terminar con el horror. No hay que olvidar que la rápida respuesta de los nacionalistas vascos al hostigamiento y al aislamiento que muchos vascos dirigieron a ETA y sus corifeos tras el secuestro y posterior asesinato del concejal del PP Miguel Ángel Blanco fue... firmar con los asesinos y su entorno el antes citado Pacto de Estella, acuerdo que como posteriormente se demostró incluía un cláusula oculta que apelaba a la exclusión de toda presencia no nacionalista del tejido político-social vasco.

Cuando determinada gentuza más o menos relevante, pero asilvestrada y comprensiva con los proetarras, como el obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte, afirma que no hay que aplicar la ley para terminar con los terroristas, lo que en el fondo están diciendo es que lo que se necesita para poner fin a la barbarie es hablar, dialogar y negociar con los criminales para, de este modo, obtener, al menos, un parte de las exigencias políticas de éstos, que son las mismas que las del resto de los nacionalistas. Aquí se encuentra el interés compartido y el motivo fundamental que explica esa rareza metafísica (Euskadi rebosa de extrañezas ontológicas) que consiste en que el partido que llevó el mayor peso en la puesta en marcha de la Ertzaintza se niega a que ésta actúe contra el terror.

Definitivamente, el proverbio de orígenes inciertos que afirma que “el vasco protege al vasco aunque le dé asco” no se cumple en absoluto si, por ejemplo, se trata de que un nacionalista vasco defienda a un constitucionalista vasco. Por eso, quizás, sería necesario adaptar otra máxima, más ajustada a la realidad, que parodiando al clásico dijera que “nacionalista vasco no muerde a terrorista vasco”.





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