País Vasco y posmodernidad

La escritora británica P. D. James, una anciana brillante que a su extraordinaria habilidad para escribir magníficas novelas policíacas añade una intensa capacidad de análisis para identificar las grietas morales por las que el mal se cuela en nuestras sociedades, no deja de insistir en algo que, al parecer, hemos olvidado o que, quizás, aún no hemos aprendido: «el crimen cambia a todo el mundo que entra en contacto con él». Siguiendo este axioma, las dramáticas desgarraduras, las permutas infames producidas en el tejido moral vasco por la intensa actividad terrorista de ETA no solamente se reflejan en los testimonios siempre necesarios de las víctimas sino también, y de un modo especial, en el tratamiento esencialmente grosero e impúdico que los principios democráticos más elementales reciben en este país. Según estudios recientes realizados por el Euskobarómetro y el Ararteko, casi la mitad de los vascos duda de la legitimidad de un gobierno socialista con apoyo del Partido Popular, el 60% de los ciudadanos de Euskadi se muestra contrario a la ilegalización de siglas que forman parte de un entramado terrorista y la mitad de los estudiantes todavía cree, con diversos grados de convencimiento, que un atentado terrorista puede tener algún tipo de justificación. Lo más terrible de estas conclusiones, que esbozan una colectividad perdida en un lugar equidistante entre las víctimas y los verdugos y que nos hablan de una ciudadanía más que displicente en la defensa de los derechos fundamentales de muchos de sus miembros, es que se obtienen tras investigar en un ámbito geográfico económicamente sólido, culturalmente avanzado y con un índice de calidad de vida situado entre los más elevados del mundo. ¿Cómo puede entenderse, entonces, la profunda, siniestra e íntima convivencia entre progreso e irracionalidad que revelan estas investigaciones?, ¿cómo pueden coexistir, apenas separadas por un puñado de kilómetros, dos realidades tan contradictorias como las que reflejan, por ejemplo, el vanguardista e innovador CIC Nanogune de San Sebastián y los proetarras muros de la vergüenza que todavía existen en no pocas localidades vascas?

Para buscar una solución a esta aparente contradicción debemos tener en cuenta que tanto el importante avance material protagonizado por el País Vasco en los últimos cincuenta años como el grueso de la actividad terrorista de ETA, han tenido lugar en un marco histórico definido por un espíritu posmoderno, todavía demasiado vigente entre nosotros, que se ha revelado como un magnífico mecenas del «todo vale» ideológico y del relativismo más deshonesto. Lo que se conoce como pensamiento débil, corriente intelectual íntimamente ligada al fenómeno posmoderno que se resume perfectamente en esa aberración, tan repetida en este país, que afirma que «todas las ideas son igualmente respetables», ha provocado una voladura incontrolada de valores esenciales para la convivencia y ha disgregado la capacidad de muchos ciudadanos para defender derechos fundamentales y principios básicos de comportamiento colectivo. Esto lleva, indefectiblemente, a que la sociedad vasca perviva en un demencial «efecto Disney» que impulsa a buena parte de la población a desligarse del horror y a creer que el complejo sistema de derechos y libertades sobre los que se asienta su bienestar ha surgido por generación espontánea o que se trata de un estado de cosas inmutable e inmanente que, sencillamente, siempre ha estado ahí.

Como no podía ser de otra forma, esta mirada anómala sobre la realidad ha dado luz a una ética muy particular. Se trata de una moralidad blanda, indolora, acomodaticia y dúctil que, efectivamente, habla en favor de los derechos humanos, demanda la paz, exige el fin de los crímenes y reclama la conclusión de la extorsión y de las amenazas, pero que lo hace siempre con emplastos argumentales que difuminan la autoría de los asesinatos, que evitan señalar con nombres y apellidos a los responsables de los delitos, que abogan por universalizar la responsabilidad de la barbarie, que obvia a los muchos cómplices políticos de la atrocidad y que, en su máximo nivel de indolencia, llora por las víctimas del horror al mismo tiempo que solloza por la existencia de los victimarios.

«La trivialidad es la fatalidad de nuestro mundo», dijo el filósofo francés Jean Baudrillard, y es precisamente esa insustancialidad cruel la que ha provocado que el predominio de la razón política propia de la modernidad se convierta en el País Vasco en preeminencia de una razón simbólica, claramente posmoderna, que ha tratado de imponer como referentes supremos conceptos abstractos y míticos como los de patria, pueblo o tradición. El ideario nacionalista y el sentir posmoderno se han aliado en Euskadi para extender entre la ciudadanía una suerte de movimiento intensamente sentimental, subjetivo, parcial y acientífico que, tras desmontar de una forma escabrosa el indudable valor referencial de los grandes modelos éticos, ha asentado las bases para que puedan cuestionarse y despreciarse hasta la náusea las que siempre han sido herramientas básicas de cohesión, coexistencia y civilidad entre los ciudadanos vascos, y entre éstos y el resto de los ciudadanos españoles.

Los informes del Euskobarómetro y del Ararteko anteriormente citados descubren con acerada pertinencia el predominio de esta moral difusa y de esta empatía abotargada que caracteriza a una parte importante de la sociedad vasca. En este sentido, la principal tarea del nuevo Gobierno Vasco, más allá de la necesidad inmediata que le obliga a cerrar filas frente a las crisis económica, ha de consistir, precisamente, en crear orden y en disminuir los niveles de entropía de un sistema socio-político como el vasco que, durante las últimas décadas, y envenenado por los efectos de una actividad terrorista demoledora, ha invertido radicalmente los principios, los derechos, los deberes y los valores fundamentales que nos definen como personas y como ciudadanos.

"Por la noche, todos los gatos son pardos: Apaguemos la luz". Frente a este famoso aforismo posmoderno a favor del más absoluto caos ideológico, una sociedad avanzada, sólida y resistente, formada por hombres y mujeres libres, ha de fundamentarse sobre valores tan humildes, tan cotidianos y tan caros de conseguir como los de la previsibilidad y la confianza. En democracia, los ciudadanos han de poder prever que las leyes se cumplen, que los sistemas de convivencia funcionan, que las fuerzas de seguridad trabajan, que los recursos dispuestos para la protección de sus derechos fundamentales se encuentran correctamente engrasados y que la solidaridad de las instituciones se dirige hacia quienes sufren y no hacia quienes han convertido la socialización del dolor en el objetivo primordial de su existencia. Este es el reto. Y nuestra única esperanza de civilidad.

Informe íntegro del Ararteko

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