Recuerdos de Antonio Beristain


In Memoriam

Conocí a Antonio Beristain hace más de veinte años, en unas jornadas sobre criminología por él organizadas y a las que yo asistía como redactor novato en un periódico local. Desde un primer momento me llamó la atención por su ímpetu, su fuerza, su rapidez de reflejos intelectuales y sus inmensos conocimientos, literalmente, enciclopédicos. Ahora, apenas unas horas después de su muerte, le recuerdo en aquel pequeño salón de actos donde se celebrara el congreso, sentado en una incómoda silla, y haciéndome labores de traductor al italiano en mis entrevistas pioneras con algunos de los participantes en aquel encuentro. Aquel fue el primero de muchos encuentros que tendríamos después.

Y es que, desde entonces, Antonio Beristain ha sido para mí como esa persona a la que puedes pasar mucho tiempo sin ver pero que, de un modo u otro, siempre sabes que está ahí. Yo sabía que estaba ahí para resolver mis dudas, para aconsejarme en temas áridos de victimología, la ciencia que él alumbró y dignificó, y, sobre todo, para participar en todo tipo de actos, acciones e iniciativas a favor de los derecho más elementales de las personas, de la democracia y de la libertad.

Antonio Beristain era un jesuita emprendedor, dinámico, innovador e incansable. Siempre apoyado por Inmaculada Iraola, su secretaria desde hace muchísimos años, Beristain tenía tiempo para la docencia, para escribir numerosos libros y artículos que luego siempre nos regalaba cuando íbamos a visitarle a Villa Soroa, sede del Instituto de Criminología del País Vasco, y, sobre todo, para tomar parte en cualquier iniciativa a favor de las víctimas del terrorismo etarra. Este compromiso con la libertad, con la Constitución y con los más oprimidos, le llevó, por supuesto, a enfrentarse radicalmente con la iglesia vasca en general, y con el obispo José María Setién en particular, siempre proclives a posicionarse del lago de los poderosos y de los crueles, es decir del nacionalterrorismo dominante en Euskadi. No puedo olvidar la imagen de Antonio Beristain, en la catedral del Buen Pastor de San Sebastián, montando en justísima cólera con Bartolomé Auzmendi, párroco de la iglesia, tras enterarse de que éste, por orden de José María Setién, había censurado las preces que se habían preparado para la primera misa que se iba a celebrar en San Sebastián a favor de las víctimas del terrorismo.

Con Antonio Beristain he asistido a bastantes conferencias, jornadas, manifestaciones, comidas, encuentros y movilizaciones, y hay tres cosas que sé de él: que era un ser humano íntegro, que era un ciudadano comprometido con los más débiles y que era un hombre intelectualmente deslumbrante. Hace unos años, le pedí que escribiera el prólogo de mi primer libro, “Terrorismo y posmodernidad”. Me respondió como siempre lo hacía: con una sonrisa, un comentario humilde y un compromiso. A los pocos días tenía el texto que, lamentablemente, luego apareció publicado sin su firma (Ver texto al final). Le llamé para disculparme. Me dijo que todo se solucionaría cuando escribiera el prólogo de mi siguiente libro. No he tenido tiempo de ofrecérselo, pero sé que lo hubiera hecho con todo cariño.

Con la muerte de Antonio Beristain, todos estamos un poco más huérfanos. Quienes le conocíamos, porque ya no podremos contra con su apoyo y su sabiduría; quienes le seguían por sus innumerables escritos, tanto en Europa como en América del Sur, porque ya no podrán contar con su lucidez y sus vastísimos conocimientos; y, en definitiva, todos los hombres y mujeres de bien, porque, al final, quien se ha marchado, para siempre, era un hombre bueno.
Descansa en paz, Antonio.
Prólogo de Antonio Beristain al Libro Terrorismo y Posmodernidad

Entrevista al Prof. Antonio Beristain from videosidp on Vimeo.

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