Arnaldo Otegi, el cobarde



Quienes, como José Luis Rodríguez Zapatero, un día creyeron ver en los ojos de Arnaldo Otegi un futuro de paz para el País Vasco, están de enhorabuena. Recientemente, han podido comprobar hasta dónde llega la capacidad del líder del antiguo movimiento proetarra para desvincularse de la banda criminal. “¿Condena usted la violencia de ETA?”, le pregunta la jueza, y Arnaldo Otegi, la gran esperanza blanca del nacionalismo vasco siempre más preocupado por los verdugos que por sus víctimas, el gran referente de ese falaz pensamiento único presuntamente progresista que llama “izquierda abertzale” a los voceros de los criminales, es incapaz de responder y, nervioso, sin saber dónde meterse, contesta que no, que él no va a responder a esa cuestión.

Lo peor de todo es que Arnaldo Otegi es, por encima de cualquier cosa, un vulgar cobarde. Él sabe que el terrorismo etarra está condenado a desaparecer, que la banda criminal se ha convertido en una mafia que cada vez en mayor medida se alimenta del tráfico de drogas y que el independentismo político vasco no tiene ningún futuro bajo la tutela infernal de una pandilla de psicópatas descerebrados, pero, a pesar de todo, el temeroso escucha, calla y otorga… a ETA.

Cuando hace unos meses, Arnaldo Otegi corrió a una localidad del sur de Francia a mostrar a los terroristas sus planes de futuro enlatados en la propuesta de la “Mesa de Alsasua”, los dirigentes de ETA sacaron el bolígrafo rojo y le indicaron a su vasallo lo que debía añadir, lo que debía cambiar y lo que debía suprimir en aquel texto ya infame. Tanto Arnaldo Otegi como Rafa Díez, ex líder del sindicato proetarra LAB también presente en esas reuniones, obedecieron fielmente a sus señores. Y por ese motivo ahora se encuentran en prisión, donde Arnaldo, el antes bravucón testaferro de los criminales que tanto ha encandilado a intelectuales apesebrados, periodistas ignorantes y presentadores idotas, se ha puesto en una huelga de hambre de pacotilla siguiendo, una vez más, órdenes del puñado de etarras fanatizados, drogados y envilecidos que dirige esa aberración totalitaria que lleva el nombre de ETA.

Durante su reciente estancia en la cárcel donostiarra de Loyola, próxima a San Sebastián, Arnaldo Otegi recibía todas las semanas la visita de un masajista, pagado con dinero público, que le proporcionaba fricciones lumbares para combatir los dolores de espalda que padece el miserable. Mientras recibía las friegas, pergeñaba la nueva Batasuna del siglo XXI que, al final, ETA se ha encargado de abortar. Como no podía ser de otra manera. Porque, en el fondo, los criminales secesionistas saben que su negocio sangriento ha de seguir adelante hasta que, como felizmente viene ocurriendo cada vez con mayor constancia, sean detenidos por las fuerzas de seguridad, condenados en un juicio justo y encarcelados por muchas décadas de vida. Y lo que diga Arnaldo solamente es importante para los nacionalistas contemporizadores con el horror, para quienes piensan que por ponerse cerca de los asesinos son más progresistas (el gran drama de la izquierda europea desde los campos de concentración estalinianos) y para0 la iglesia católica vasca que, como todos ustedes saben, defiende la idea de que, en el País Vasco, lo que se necesita urgentemente es que las víctimas… pidan perdón a sus verdugos.




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