Besando a los tibios



La presidente popular del Parlamento vasco, Arantza Quiroga, es una mujer fuerte y de convicciones que representa a la perfección la clase de políticos demócratas que Euskadi necesita para dejar atrás casi medio siglo de totalitarismo nacionalterrorista. Durante los últimos años, Arantza Quiroga ha visto cómo muchos de sus compañeros de partido eran asesinados por los criminales, ha padecido la persecución de los proetarras, ha sido amenazada, insultada y despreciada, pero, a pesar de ello, esta irunesa de carácter ha seguido adelante movida por la fuerza de sus ideales e impulsada por un ineludible compromiso con la libertad y con los derechos más elementales de los ciudadanos.

En su momento, desde este Blog del País Vasco defendimos con entusiasmo la elección de Arantza Quiroga como presidenta del Parlamento vasco, gracias al apoyo de los diputados del PSE y del Partido Popular. Estamos convencidos de que con Quiroga en este cargo público quienes también son simbolizados y quienes se sitúan en la máxima representación de la cámara vasca son las víctimas del terrorismo, los miles de vascos que han tenido que abandonar su país por la presión del nacionalismo fanático y del terrorismo secesionista, y todos aquellos que en Euskadi han sufrido y sufren la falta de libertad necesaria para poder comportarse y expresarse sin amenazas, intimidaciones y chantajes.

Por todo esto, la imagen de Arantza Quiroga, presidenta del Parlamento vasco, postrada y arrodillada ante el ya obispo saliente de San Sebastián, Juan María Uriarte, ha sido como un ataque directo al corazón, los deseos y las convicciones de los muchos vascos que creemos que este país ha de construirse sobre el discurso de las víctimas y no de los verdugos. Arantza Quiroga es muy libre de defender las creencias morales y religiosas que considere oportunas y, por ello, en este espacio informativo jamás hemos criticado su público rechazo a la utilización del preservativo, sus constantes muestras de afectuosidad hacia los sectores más rancios de iglesia católica o sus declaraciones más o menos estentóreas sobre sus convicciones espirituales. Ahora bien, lo que no es de recibo y lo que resulta incomprensible e intolerable para los ciudadanos que en Euskadi se juegan la vida todos los días defendiendo la libertad y los principios democráticos más elementales, a los que Arantza Quiroga representa especialmente, es que la Presidenta del Parlamento vasco se avasalle ante un obispo que, como Juan María Uriarte, no ha perdido ocasión de defender pulcramente una etérea posición de mediación entre las víctimas y sus verdugos, que jamás ha tenido una palabra crítica frente al poder avasallador del nacionalterrorismo vasco y que no ha perdido ocasión de condenar los atentados terroristas al mismo tiempo que ofrecía a los criminales apoyo, comprensión y legitimidad. Abrazando a Juan María Uriarte, bajo la mirada lobuna, ignorante y totalitaria de José María Setién, Arantza Quiroga, probablemente sin quererlo, ha bendecido todas las muestras de cariño que, a lo largo de los últimos años, estas dos piltrafas éticas han destinado a la escoria de la banda terrorista ETA, ha aprobado los muchos gestos de solidaridad que éstos dos necios morales han transmitido a los apologetas de los criminales y ha perdonado, u olvidado, que la Iglesia vasca, durante medio siglo, ha olvidado, despreciado, manipulado y silenciado a las víctimas del terror mientras en las parroquias de Euskadi se reunían, con entusiasmo y en ocasiones durante meses, los proetarras.

Antes de besar más túnicas eclesiales, Arantza Quiroga, presidenta del Parlamento vasco, haría bien en cerciorarse de que éstas no están manchadas de sangre. Porque sus abrazos y sus genuflexiones son las de todos los hombres y mujeres que en Euskadi defienden la democracia y la libertad.



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