¿Existen "dos culturas" en el País Vasco?


Entre los muchos argumentos manidos, obsoletos y vacíos que habitualmente utilizan los nacionalistas más recalcitrantes para dar solidez intelectual a su ideario patriotero y reduccionista, destaca, por su presencia abrumadora, la idea de que en la Euskadi actual existen dos culturas diferentes. Dos culturas que, además, y según los que no ven más allá de las fronteras impuestas por Sabino Arana y sus acólitos, se encuentran enfrentadas y encontradas, abismalmente separadas una de otra y sin posibilidad posible de fusión o integración. Quien esto escribe, que siempre ha sido sumamente inútil para ver diferenciaciones culturales dramáticas en una sociedad que lee los mismos “best-sellers” que el resto de Occidente, entiende que lo que quieren explicar los que confunden la cultura vasca con el nacionalismo vasco es que en Euskadi conviven dos idiomas a través de los cuales se vehiculan una serie de productos culturales que se diferencian entre ellos por la lengua en la que se manifiestan.

Admito las filigranas históricas y los esfuerzos de sesera que tienen que hacer nacionalistas y terroristas para identificar las esencias de su presunto y cada vez más ridículo pueblo vasco. Aprecio su empeño forense en calibrar cráneos o su voluntad vampírica para hallar determinadas propiedades sanguíneas con el único anhelo de saltarse y obviar los procesos de mestizaje, mezcolanza e interrelación que la sociedad vasca, como cualquier sociedad de nuestro entorno, ha experimentado a lo largo de los años. Pero, de verdad, lo que es difícil de entender es de qué hablan algunos cuando se refieren a la dicotomía cultural que vivimos, dicen, en el País Vasco.

Habitamos un tiempo convulso y dramático caracterizado, entre otras muchas cosas, por la celeridad con la que se transmite la información a nivel planetario y, sobre todo, por la universalización de los contenidos culturales, por la instantaneidad con la que éstos se propagan y por la internacionalización casi en tiempo real de cualquier obra creativa que se produce dentro del marco de la cultura occidental. Así, las nuevas tecnologías de la información han desplegado, alrededor del planeta, una tupida maraña de canales y conexiones que permiten que cualquier ciudadano disfrute de una marco de referencias común que, a mi modo de ver, sirve para que todos nos sintamos, un poco más si cabe, peatones del mundo.

Nos guste o no, la cultura occidental en un todo que permite admirar un cuadro de Chillida en Berlín, admirar “Avatar” en un pequeño pueblo del Goierri guipuzcoano, leer obras de Fernando Savater traducidas a varios idiomas europeos o escuchar canciones de “La Oreja de Van Gogh” en un oculto bar neoyorquino. Quiero decir con esto que todos los centros comerciales venden los mismos productos, que las librerías de todos los aeropuertos internacionales ofrecen las mismas novelas y que lo que se descargan de la red los internautas de Washington o Bilbao apenas se diferencian en algo.

Así las cosas, hablar hoy, como hacen los nacionalistas vascos, de la “desaparición de la cultura vasca” a manos, suponemos, de las hordas invasoras encabezadas por Patxi López, es un simpleza que, generalmente, enmascara fines ocultos, manipulaciones más o menos manifiestas y anhelos diferenciadores que quieren justificarse con ese comodín cultural de las dos culturas que, al parecer, sirve lo mismo para un roto político que para un descosido ideológico. Quienes siempre tienen más facilidad para vertebrar diferencias que para plantear elementos de cohesión, deben entender que en la Euskadi actual no existen dos culturas diferenciadas y, mucho menos, enfrentadas. Euskadi es una comunidad bilingüe que crea, piensa, escribe y trabaja en dos idiomas, especialmente en castellano, pero que en ambas lenguas remite a una cultura occidental brillante, moderna y enriquecedora que se ha conformado en base al mestizaje, la mezcolanza, el batiburrillo intelectual y el cruce de ideas éticas y estéticas.

La única cultura francamente diferente que pervive en este país es la que, subrepticiamente, todavía mide a los seres humanos por su lugar de nacimiento, por su carácter folclórico, por su mayor o menor querencia hacia los trajes y las costumbres tradicionales o por su carga genética, y no por su fuerza para emprender, por sus recursos creativos, por su capacidad para la tolerancia o por su entrega a una determinada sociedad. En la mente de todos están los constantes ejemplos de esta civilización de intolerancia que se sostiene y se alimenta de diferencias míticas, absurdas y fantasmales nacidas en un pasado que ya poco o nada tiene que ver con nosotros. Esa cultura reaccionaria impuesta por el nacionalismo más obtuso, junto con la del terrorismo totalitario, es las que, tristemente, sí que nos hace realmente distintos ante los ojos de los demás.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...