GUIPÚZCOA: TERRITORIO COMANCHE


El cambio vasco apenas se deja sentir en Guipúzcoa. Solamente unos días después de que la Diputación Foral colgara una ostentosa placa en su fachada rechazando la colocación en su sede de la bandera española, las Juntas Generales de este territorio histórico han aprobado una enmienda impulsada por los independentistas de Aralar, Alkarbide y PNV en la que se exige al Gobierno vasco y al Consejo de Ministros que traten a los ayuntamientos proetarras de ANV con “la misma normalidad con la que tratan a otros consistorios”, puesto que han sido constituidos “con total legitimidad democrática”. Los nacionalistas también exigen que se derogue la Ley de Partidos que ha permitido la ilegalización de un amplio elenco de formaciones, organizaciones y partidos políticos voceros de los criminales. Por si esta preocupación por los asesinos y sus acólitos fuera escasa en la provincia más pequeña de España, el socialista Odón Elorza, alcalde de San Sebastián, con el objetivo de cortejar a sus socios secesionistas de Aralar e Izquierda Unida, ha impulsado que la Comisión Especial de Derechos Humanos del ayuntamiento de esta ciudad aprobara recientemente, con los votos de su partido y los del PNV, EA y Aralar-Alternatiba, una declaración en la que exige “erradicar la detención incomunicada” de los terroristas y en la que se clama “contra la tortura”.

La infección moral provocada por el nacionalterrorismo vasco a lo largo de tres décadas, esa enfermedad ética que convierte a las víctimas en verdugos, que considera los tiros en la nuca como un planteamiento político y que apela a realizar permanentes concesiones a los criminales en aras de “no crispar a la sociedad”, se ha extendido a lo largo de todo el País Vasco, pero ha convertido al territorio guipuzcoano en el auténtico huevo de la serpiente.

En Guipúzcoa hay decenas de municipios como Oyarzun, Andoain, Tolosa, Hernani o Pasajes, entre otros, donde se considera a los terroristas como héroes populares, donde los proetarras son los matones del barrio y donde la vida para los vecinos simplemente demócratas es un infierno cargado de miradas amenazantes, insultos velados, sutiles desprecios y groseras advertencias. En Guipúzcoa, los terroristas se pasean tranquilamente en bicicleta cuando no les detiene la Guardia Civil, los cómplices de los asesinos vigilan la llegada de forasteros a las plazas de algunas localidades y los niños cantan alegremente eso de “Ojalá España fuera un ‘donuts’, porque así Madrid no existiría”. En Guipúzcoa, en este territorio políticamente purulento y socialmente quebrado, algunos centros educativos exhiben enormes pintadas apologetas de ETA en sus inmediaciones, la utilización impositiva del euskera como elemento de promoción nacionalista ha llegado a niveles excepcionalmente refininados y los consistorios, como el de San Sebastián, recurren al Tribunal Superior de Justicia para no quitar de una calle el nombre de una calle el nombre de un etarra como Mikel Gardoki, muerto mientras intentaba asesinar a unos policías.

Pero ya ven que, para los nacionalistas vascos, en no pocas ocasiones con la complicidad de “socialistas vasquistas” como Odón Elorza, todo esto son cosas sin importancia. Pues lo realmente estratégico es impedir que la bandera española ondeé en la Plaza de Guipúzcoa de San Sebastián, que se respete a los alcaldes proetarras que callan miserablemente cada vez que ETA comete un nuevo atentado y que, sobre todo, no se haga daño a esos “pobres chicos”, tal y como Joseba Egibar, uno de los grandes personajes del nacionalterrorismo local, definió en su día a los asesinos.






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