España: En los límites de la democracia


“Hay un límite más allá del cual la tolerancia deja de ser una virtud”, escribió el poeta británico Edmund Burke (1729-1797) y, con esta afirmación, el autor de “Reflexiones sobre la Revolución Francesa” no sólo parecía presagiar ya tiempos futuros en los que en Occidente habría de reinar el pensamiento más débil, el relativismo más obsceno y el nihilismo más tosco sino que, además, estaba anunciando la llegada de una muy preocupante élite política, social y cultural que, al diluir la solidez de los límites éticos más elementales en aras de la máxima transigencia moral, habría de terminar otorgando a la iniquidad y a la estulticia el mismo valor que al mérito y a la excelencia.

Ciertamente, la existencia de Gobiernos que maceran a su antojo las instituciones y que transforman, por exceso o por defecto, los territorios sobre los que rigen en eriales normativos y en desiertos institucionales no es infrecuente en algunos lugares del planeta, especialmente en las zonas más depauperadas y más azotadas por la corrupción y la violencia. Pero lo que sí resulta novedoso y profundamente preocupante es que España, que actualmente es la octava potencia económica del mundo, haya pasado a convertirse, como consecuencia de las decisiones (o de la ausencia de ellas) de un Ejecutivo ideológicamente flácido, intelectualmente exangüe y doctrinalmente inconsistente, en el primer Estado radicalmente anómico de la Europa del siglo XXI. Tanto es así que, de hecho, hoy es posible afirmar que más que por erróneas, imperfectas y fallidas, que también, las estrategias y las decisiones políticas impulsadas por José Luis Rodríguez Zapatero, con el apoyo guerracivilista de una izquierda marcadamente totalitaria, son excepcionalmente delicadas para la nación por su intensa capacidad para socavar los cimientos más sólidos del entramado institucional español y por el poder que han demostrado tener para dinamitar los consensos colectivos más elementales sobre los que descansa nuestra sociedad desde la cada vez más lejana Transición.

La izquierda española actual, bañada de un espíritu frívolo, desarmado, contemporizador y desinteresado de la defensa del sistema democrático y de la salvaguardia de los valores fundamentales que conforman la esencia de la civilización occidental, parece despreciar por decrépitos y obsoletos los modelos éticos sobre los que se levantan nuestras sociedades. Y, como consecuencia de ello, es tal su ignorancia, su desconcierto y su carencia de recursos intelectuales ante los nuevos retos que cotidianamente plantea la época convulsa que habitamos, que cuando se ve necesitada de principios y de referentes, lo único que es capaz de proponer a los ciudadanos son engendros ideológico-políticos como la “alianza de las civilizaciones”, el regreso a tiempos pasados completamente idealizados y anacrónicos como los que se desprenden de la Ley de Memoria Histórica o aberraciones normativas como el nuevo Estatuto Catalán.

La sociedad española se encuentra en manos de un Gobierno anómico y asilvestrado que alienta espiritualmente comportamientos demenciales como los que hemos visto estos últimos días, que confunde la apología del totalitarismo izquierdista con el derecho a opinar y que convierte gratuita e impunemente el territorio español en un caótico reino de taifas en el que todo puede ser posible. Habitamos una sociedad desarbolada en la que la incesante y premeditada degradación de las normas sociales queda perfectamente reflejada en una utilización vacía, tergiversada e inicua del lenguaje. De hecho, esta manipulación perversa de las palabras y de sus significados, la misma que sacraliza el término diálogo como una panacea casi mística capaz de ocultar todo tipo de indignidades, que identifica como “fascista” a todo lo que no comulga con sus mandatos y que a fuerza de repetir incesantemente la misma falsedad consigue que ésta se convierta en certeza absoluta en los titulares de todos los periódicos, es también un ejemplo claro del estado de desmantelamiento ético e intelectual en el que se halla España bajo el mandato de José Luis Rodríguez Zapatero.

Hace algunos años, en su primera participación en un debate sobre el estado de la nación, el Presidente afirmó que el nuestro “es un país que necesita nuevos modelos y nuevas reglas institucionales” y, bajo este principio, el Ejecutivo socialista se ha embarcado en un proceso catastrófico de licuefacción de las leyes y de las instituciones que ataca directamente a lo que es la esencia de los estados democráticos más avanzados: la presunción de la convivencia colectiva, la predecibilidad de los comportamientos sociales y la perdurabilidad de las instituciones.

Una nación sólida, homogénea e integrada, en la que los organismos de poder democrático mantienen su firmeza, en la que los códigos se cumplen y en la que los principales actores que gestionan la vida pública actúan según se espera de ellos, proporciona a los ciudadanos plena garantía en la protección de sus derechos, máxima confianza en sus construcciones políticas y una elevada seguridad individual levantada sobre la más absoluta previsibilidad del funcionamiento del sistema de convivencia. La grandeza y la superioridad de todo Estado democrático radica, entre otras cosas, en que los hombres y las mujeres que lo conforman, cuando salen cada día de su casa, asientan su existencia sobre un puñado de certezas elementales como, por ejemplo, que los delincuentes han de ser detenidos y puestos a disposición de las fuerzas de seguridad, que la violencia y la falta de respeto a las instituciones nunca ha de legitimarse como un método de participación social, que un mismo idioma ha de servir para comunicarse en el territorio común del Estado o que el derecho a una educación pública en condiciones no puede depender de los caprichos legislativos de cada autonomía.

La izquierda española en el Gobierno, maleable, insustancial y líquida, ha roto los pronósticos políticos más sólidos de los ciudadanos y de la democracia española, y ha sumido al país en un páramo yermo de tierras movedizas, inestables y caóticas. El Ejecutivo socialista, al intentar plegar su agenda sociopolítica a las demandas incongruentes de los más radicales, de los independentistas más ariscos, de la izquierda más huraña y de los sectores sociales más demagógicos y populistas, ha roto unilateral e irresponsablemente con algunos de los valores más importantes sobre los que se ha asentado la modernidad y el progreso occidental a lo largo de los últimos siglos y está abocando a España a padecer una realidad hedionda en la que los miserables son tratados como los líderes del futuro, en la que los demócratas son expulsados al gueto misterioso de la derecha extrema y en la que, en el colmo de las vilezas, las personas decentes son consideradas como peligrosos elementos de odio, intolerancia y crispación.

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