Nacionalismo, terrorismo, irracionalismo y acientificismo en el País Vasco


El Ejecutivo central acaba de prohibir a siete ayuntamientos vascos y navarros realizar algún tipo de consulta colectiva sobre la instalación en sus territorios de líneas de alta tensión. Según ha informado la Delegación del Gobierno en Euskadi, estas peticiones de consultas incumplen los requisitos establecidos en la Ley Reguladora de Bases de Régimen Local "al no tratarse de un asunto de carácter exclusivamente local ni una competencia municipal propia". La prohibición afecta a los ayuntamientos alaveses de Bernedo, Elburgo, Lagran y Peñacerrada y a los consistorios navarros de El Busto, Espronceda y Sansol.

Esta decisión oficial cierra, provisionalmente, uno de los frentes que el movimiento anti-progreso vasco viene abriendo desde hace ya demasiados años. No podemos olvidar que, durante los últimos tiempos, y en una oleada de radicalidad e irracionalismo como no se conoce en ningún otro lugar de Europa, organizaciones proetarras, asociaciones presuntamente ecologistas, colectivos antisistema y grupos incediarios, habitualmente cercanos al mundo nacionalista más radical o a esa progresía vana que se agrupa alrededor de la Izquierda Unida vasca, llevan a cabo en las calles de Euskadi numerosas y ruidosas campañas y movilizaciones contra: a) la construcción del tren vasco de alta velocidad; b) la ampliación del aereopuerto de San Sebastián; c) la puesta en marcha del nuevo puerto exterior de Pasajes; d) la instalación de equipos emisores de telefonía móvil; e) la construcción de una incineradora en Guipúzcoa; f) la apertura de nuevas grandes superficies comerciales; g) la puesta en marcha de segundos cinturones circulatorios en Bilbao y San Sebastián; h) la edificación de una nueva línea de conducción de gas entre Euskadi y el resto del país; i) la instalación de redes wifi en los centros de enseñanza vascos.

La obsesión antitecnológica de los criminales y de los independentistas vascos nace prácticamente con el surgimiento de la banda terrorista ETA. Tanto es así que cuarenta años de terrorismo etarra, y otros tantos que lleva el nacionalismo vasco otorgando legitimidad al discurso más reaccionario de los criminales, ha provocado que el País Vasco sea actualmente una de las regiones españolas donde más difícil resulta sacar adelante cualquier tipo de proyecto infraestructural y donde prácticamente todos los grandes planes de desarrollo de la industria, del comercio y de las comunicaciones que se han emprendido han estado rodeado de polémicas y de viles asesinatos.

En este sentido, a comienzos de los años ochenta, los criminales etarras ya cometieron diversos atentados mortales para intentar detener la construcción de la central nuclear de Lemóniz, entre ellos el del ingeniero responsable de la obra, José María Ryan, asesinado en 1981 tras varios días de secuestro.

A comienzos de los años noventa, la construcción de la autovía de Leizarán, que une actualmente San Sebastián con Pamplona, no solamente fue motivo de múltiples ataques de los terroristas, y del asesinato de dos obreros que participaban en los trabajos de cimentación, sino que, además, el trazado definitivo de la misma, denominado “San Lorenzo”, fue pactado, hablado y consultado por los nacionalistas vascos con ETA. De hecho, la autovía San Sebastián-Pamplona debe de ser la única carretera del mundo cuyo diseño ha sido tutelado, auditado y aprobado por una banda terrorista.

La construcción del Museo Guggenheim de Bilbao, inaugurado en octubre de 1997, supuso numerosas críticas y una fuerte polémica desde ámbitos ideológicos de la izquierda presuntamente progresista y del nacionalismo vasco, que entendían que la pinacoteca neoyorquina iba a suponer, por su influencia y por su poder económico, un ataque frontal al mundo artístico vasco. La banda terrorista ETA asesinó al ertzaina José María Aguirre Larraona durante los actos inaugurales de la obra de Frank Gehry.

En diciembre de 2008, los etarras asesinaban a Ignacio Uría Mendizabal, propietario de la empresa constructora Altuna y Uría, una de las adjudicatarias de las obras del tren de alta velocidad vasco.

Como puede verse, para la banda terrorista ETA y el nacionalismo vasco más radical, siempre ha sido un tema muy querido el hecho de forjar, a base de crímenes, una Euskadi comparable con la irracional y mítica aldea gala de los reaccionarios Asterix y Obelix. Y esto ha provocado que en esta comunidad proliferen con especial rapidez las creencias irracionales, los sentimientos acientíficos, los pensamientos mágicos y las obsesiones maquinistas. No es extraño que esto ocurra en un territorio en el que, a lo largo de las últimas décadas, se han puesto del revés los más elementales principios éticos, en el que se han dinamitado los posicionamientos ideológicos más sensatos y en el que insistentemente se han alentado las emociones más obtusas y extremistas, pero sí sorprende cómo los argumentos más disparatados, las opiniones más deformadas y los dogmas más retrógrados disfrutan en la sociedad vasca de una expansión vírica que amenaza con poner contra las cuerdas los principios más elementales de la modernidad, el progreso y el bienestar colectivo.

No se trata solamente, por ejemplo, de que en Euskadi estén presentes, en estos momentos, más de setenta sectas consideradas destructivas, convirtiendo a esta comunidad en una de las más amenazadas por la invasión de este tipo de asociaciones intelectual y emocionalmente corrosivas. O de que esta región, sorprendentemente, permita que, en las prematriculaciones para la escuela pública, los padres puedan elegir la religión que desean para sus hijos, entre las opciones de católica, evangelista, islámica y judía, o la cienciología, por ejemplo, siempre que haya un mínimo de cien progenitores que soliciten su impartición. Lo más preocupante, sobre todo, es que frenar, retrasar, impedir y violentar el desarrollo infraestructural y tecnológico con atentados y amenazas y criterios pseudocientíficos, estrafalarios, apocalípticos y demenciales, que en muchas ocasiones ponen como excusa la búsqueda incesante de un territorio irreal, ecológicamente impoluto y ambientalmente límpido, se ha convertido en algo tan cotidiano que, a fuerza de repetirse hasta la extenuación, acaba de ser contemplado con absoluta normalidad. De hecho, una vasca anónima, participante en un programa radiofónico que se emitía el mismo día en el que los terroristas asesinaron al empresario Ignacio Uría, expresó el asunto con meridiana claridad: "Está muy mal que hayan matado a este hombre, pero hay que tener en cuenta que él también asesinaba montañas".

Y nadie dijo nada.

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