Las redes que apoyan y acogen a los etarras en América tienen su origen en los sectores de exiliados del PNV





En una cosa tiene razón el régimen socialista de Hugo Chávez al protestar por el auto del juez Velasco que le atribuye una intensa colaboración con etarras: ¿a qué viene el escándalo? El juez español se olvida de explicar cómo llegó Arturo Cubillas Fontán a Venezuela –cuya esposa desempeña un alto cargo gubernamental– en mayo 1989.

Lo hizo gracias a un acuerdo entre dos socialistas de pro: el español Felipe González y el venezolano Carlos Andrés Pérez. Desde entonces –han pasado más de 20 años– él y su mujer han vivido tranquilamente en ese país. Y Chávez gobierna desde 1999. Cabe preguntarse qué han hecho los jueces, los diplomáticos y los servicios de información españoles en todo este tiempo. Por otro lado, si bien Pérez rechazó todas las peticiones de extradición planteadas por las autoridades españolas, Chávez en 2002 concedió dos de ellas: las de Sebastián Etxaniz Alkorta y Juan Víctor Galarza Mendiola.

La presencia de etarras en Iberoamérica no es una novedad, como tampoco lo es la colaboración entre ETA y las FARC, de la que la izquierda siempre se ha mofado. Las redes que apoyan y acogen a los etarras, así como el ambiente favorable a éstos, tienen su origen en los sectores de exiliados del PNV. Cuando arribaron a América cientos de vascos nacionalistas –escapados tras la toma de Bilbao y la rendición de Santoña–, penetraron en las Euskal Etxeak (casas vascas), formadas por emigrantes veteranos que durante la guerra habían respaldado casi por unanimidad al bando nacional. Los recién llegados se hicieron con ellas y las pusieron al servicio de su causa. Como partido fundador de la democracia cristiana, el PNV también gozaba de predicamento en los partidos homólogos de Venezuela y Chile, que en la década de los 60 accedieron al gobierno de sus países. Venezuela y Argentina fueron lugares donde los nacionalistas "moderados" imprimían libros y revistas, recaudaban dinero para campañas a favor de "los vascos oprimidos por Franco", rumiaban su rencor... y celebraban los atentados de ETA. También celebraban otros eventos, ya que se dice que en la Euskal Etxea de Santiago de Chile se descorcharon botellas de champán para brindar por el derrocamiento del socialista Salvador Allende. En Venezuela todos los candidatos presidenciales en campaña, sobre todo los del partido COPEI, ha tratado de ganarse a la comunidad vasca.

Los etarras se beneficiaron no sólo de estas opiniones públicas que les convertían en víctimas de una opresión imperialista, sino además de la solidaridad revolucionaria. En la Nicaragua sandinista, ETA encontró un refugio más incómodo y pobre que Francia, pero más seguro. En 1992, ABC publicó que Daniel Ortega, de nuevo presidente de Nicaragua y de nuevo receptor de fondos españoles gracias a otro Gobierno socialista, había concedido la nacionalidad a numerosos etarras. ¿Qué aportaban los etarras a la revolución sandinista? ¿Clases de euskera? ¿Recetas de marmitako? ¿Peñas de la Real Sociedad?

Prácticamente no hay país desde México a Argentina, donde no se haya permitido el arraigo de una colonia de etarras, en ocasiones con permiso y dinero de los gobiernos socialistas españoles. Cabe preguntarse si los funcionarios españoles pensaban que los terroristas iban a quedarse quietos hasta su jubilación, entreteniéndose con restaurantes y periodiquitos. ETA ha montado sus propias redes de información y relaciones públicas con movimientos hermanos en la lucha antiimperialista. Lo hizo en la guerra fría, cuando tuvo contactos con Alemania Oriental y Libia y algunos de sus miembros fueron entrenados por militares argelinos y terroristas palestinos. Fruto de su perseverancia, ahora hay tres presidentes latinoamericanos que han colaborado o colaboran con ETA: Hugo Chávez, Daniel Ortega y José Mujica.

En noviembre pasado los uruguayos escogieron como presidente al ex terrorista tupamaro José Mujica, guerrillero que había colaborado a encubrir y proteger a etarras en el país: a cambio de la cobertura que los tupas dieron a una treintena de etarras, la bando luego financió una emisora de radio. Y cuando en 1994 el Gobierno de Uruguay aprobó la extradición de tres etarras a España, Mujica y sus camaradas montaron una algarada que arrasó parte de Montevideo. Mujica mudó su opinión sobre los luchadores por la libertad y el hombre nuevo cuando ETA secuestró y asesinó a Miguel Ángel Blanco, pero ¿sabemos que haya sido así? ¿Le ha dejado claro el Gobierno español al ex guerrillero que no admitirá ninguna componenda con los terroristas?

En esta guerra los malos no se detienen, mientras que los buenos están dormidos. Como la tortuga y la liebre del cuento infantil.


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