"Hacer daño, o bien callarse y desviar la mirada cada vez que eso ocurra, es más fácil cuando crece la distancia respecto de las víctimas"

Opinión invitada: Aurelio Arteta, filósofo y escritor


Para perpetrar o consentir actos de inhumanidad es preciso obtener un alto grado de alejamiento respecto de sus desdichados pacientes. Esa distancia puede lograrse mediante diversos modos de autoengaño, que acaban redefiniendo la conducta dañina como honorable, o por la nivelación eufemística de las iniquidades que se ejecutan, o merced a ciertas comparaciones que disculpan los daños infligidos o a fuerza de difuminar el nexo entre los actos propios y sus resultados perversos... Esos y otros mecanismos de suspensión de la autocensura han sido detectados en los agentes del daño. Ahora bien, el espectador que no quiere compromiso alguno con lo que sucede suele hallar en esos mismos mecanismos y creencias de los actores otras tantas vías de legitimación de su propio consentimiento.

Es recomendable así emprender un proceso de invisibilidad moral de las víctimas. Comienzan por ser aisladas del resto de la sociedad a base de suponer que, por grave que fuere lo que les pasa, tan sólo les afecta a ellas. El desentendimiento prosigue a través del principio de neutralidad y de no contaminación que tantas instituciones culturales y profesionales, públicas y privadas, proclaman en nombre de la razón y del ideal científico. Mucha gente que conoce la injusticia o persecución que se está fraguando, pero no se atreve a protestar por ello, procura aliviar el malestar que le provoca su objetiva complicidad y acaba enorgulleciéndose del resultado. Y, para colmo, con el fin de evitar ser candidatos a la persecución, las propias víctimas tienden a la aceptación tácita de las premisas de su perseguidor y, por tanto, a no dejarse ver o a diluírse entre los “normales”.

Hacer daño a otro, o bien callarse y desviar la mirada cada vez que eso ocurra en nuestro entorno, es más fácil cuando crece la distancia respecto de las víctimas. Por de pronto, la misma distancia física. Los celebérrimos experimentos de Milgram probaron que la disposición a infligir daño a otro estaba en función directa de su proximidad (y visibilidad consiguiente) e inversa de su lejanía (y, por tanto, de su invisibilidad). A menor o mayor ocultamiento visual y auditivo de la víctima y de sus reacciones; si el sujeto de la prueba llegaba o no al contacto físico con ella; si desempeñaba alguna tarea secundaria sin hacer daño directo o por el contrario le tocaba causarlo personalmente..., disminuía o aumentaba la disposición a aplicar las dolorosas descargas al sujeto paciente.

Pero la invisibilidad física desemboca en la invisibilidad moral, si es que aquélla no procede en último término de ésta. Bauman ha escrito que la responsabilidad surge de la proximidad del otro, hasta el punto de que “proximidad significa responsabilidad y responsabilidad es proximidad (...). La alternativa a la proximidad es la distancia social”. A un tiempo física y moral, la distancia entre la acción u omisión y sus consecuencias no elimina la muy probable tensión del sujeto ante lo que hace.

Toda característica que reduzca la cercanía psicológica reducirá esa tensión, servirá como de amortiguador. A la hora de causar daño, resulta más fácil apretar un botón o una tecla –algo aséptico, impersonal, científico- que golpear a la víctima con las propias manos. La mayor distancia neutraliza el sentimiento moral o, a la inversa, los inhibidores morales funcionan progresivamente peor a distancia.

Por aquí se descubre una de las mayores amenazas de nuestro tiempo: que los impulsos morales ligados a la proximidad (la compasión o la indignación, por ejemplo) permanecen constantes, mientras la distancia a la que la acción humana puede traer consecuencias nefastas (desde las armas nucleares a la caída de la bolsa) aumenta sin parar.

Y cuando no existe tal distancia moral, habrá que fabricarla. Por eso, antes que condenarlos a una muerte física, a los perseguidos se les somete ya cada día a una “muerte social”. Hay que deshumanizar a las víctimas mediante el uso de categorías referidas a criaturas subhumanas o inhumanas, en todo caso denigratorias. Es lo que hicieron los nazis con los judíos. A los vascos constitucionalistas se les aplican epítetos como “españolazo”, “fascista”, “txakurra” (perro), etc. para señalarles como objetivos apropiados de los terroristas y justificar su amenaza. Se les despoja de su identidad individual, definiéndolas por presuntos rasgos de su grupo entero; o se les aparta directamente de la gran familia humana. O sencillamente se oscurecen sus imágenes personales, moralmente significativas, bajo los estereotipos abstractos en que se clasifican y que los sitúan fuera del ámbito de la moralidad. En resumidas cuentas, se las expulsa del universo de obligaciones recíprocas, de suerte que todos se sientan autorizados a desentenderse de esas víctimas.

Pero la devaluación de la víctima tanto puede producirse antes de la acción que la humilla y a modo de preparación de una afrenta mayor, como después y a consecuencia de esa humillación misma. En ocasiones, para resolver la disonancia cognitiva, hay que culpar a la propia víctima: ésta sería un individuo indeseable cuyo castigo se hacía inevitable por sus propias deficiencias de inteligencia o carácter. Pero en otras ocasiones se la humilla sin propósito deliberado, como mero producto del desinterés o de la mala conciencia. Si de la victimación primaria debe responder en primera instancia el agresor, hay una victimación secundaria (la desatención posterior a la víctima, su olvido, cuando no su desprecio, etc.) cuya responsabilidad toca por entero al espectador. No sólo es un golpe tal vez más duro el que ahora se les inflige, porque se lo propinan los “los buenos” o “los suyos”; también es el modo de reafirmar al agresor en la convicción de que su comportamiento puede quedar impune. El mismo espectador que no supo o no quiso detener el primer golpe, no va a indisponerse después con quien todavía puede dirigir contra él mismo el siguiente. Más le vale permanecer callado.

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