"Debe preocuparnos la urgencia por aplicar toneladas de impunidad, por olvidar casi medio siglo de totalitarismo nacionalterrorista y por apelar al perdón en vez de a la justicia"

Artículo Raúl González Zorrilla

Quienes llevamos viviendo y padeciendo el País Vasco más tiempo del que podemos recordar sabemos que, de un modo cíclico, la banda terrorista ETA suele simular su defunción para, en el mínimo tiempo posible, volver a resucitar. Este morir mintiendo de los criminales coincide en el tiempo con los periodos, como el presente, en los que los asesinos se encuentran más acorralados, perseguidos, cercados y arrinconados por las fuerzas de seguridad.
Ciertamente, el fin de ETA está cerca. Pero, a pesar de lo que piensen quienes durante demasiados años han estado permanentemente más cerca de los verdugos que de sus víctimas, la consumación definitiva de la banda terrorista no se producirá por la concesión de prebendas políticas o por la aceptación de todas o parte de las condiciones impuestas por los asesinos, sino por la efectividad de la Ley de Partidos (que ha permitido ilegalizar y seccionar del cuerpo social la tupida red de organizaciones que durante medio siglo ETA había extendido alrededor de la ciudadanía vasca con la connivencia de amplios sectores nacionalistas) y por la contundencia y el vigor de la labor policial.
En este marco, la debilidad de José Luis Rodríguez Zapatero para afrontar lo que queda de legislatura puede convertirse en la gran esperanza de ETA-Batasuna. Durante los próximos meses, el Ejecutivo va a comprobar cómo la gravedad de la crisis económica no va a remitir en España, se va a enfrentar a una ciudadanía agotada de soportar casi cinco millones de parados, va a tener que sufrir humillaciones recurrentes en el ámbito internacional y, sobre todo, va a tener que gestionar un Gobierno rehén de unos nada claros acuerdos con el PNV. En este escenario, protagonizar la desaparición de ETA puede ser la única esperanza que le quede a José Luis Rodríguez Zapatero para salir mínimamente airoso y triunfante de una legislatura aciaga caracterizada por la sumisión socialista a los integristas nacionalistas periféricos y por la absoluta incapacidad del PSOE para dar luz a una Administración eficaz y coherente.
El dúo ETA-Batasuna es plenamente consciente de esta situación y, por ello, desde este entorno, durante los últimos días, se ha acelerado de un modo patente la puesta en marcha de iniciativas, la difusión de declaraciones, la filtración interesada de informaciones y el lanzamiento de vergonzosos globos sonda a los que ningún demócrata debe dar credibilidad. En este sentido, la insistencia en el papel que deben jugar los mediadores internacionales, la matraca con la “verificación” (¿?) del alto el fuego por parte de un grupo de “expertos” y la contumacia con la que se advierte de que Batasuna está ya “preparada” para formar un partido legal, listo para condenar la violencia terrorista, no debe distraernos de lo más importante: que ETA todavía existe; que cada día que pasa Batasuna pierde una oportunidad de denunciar los crímenes etarras; que no hay ningún dato que garantice que los psicópatas independentistas vayan a dejar de asesinar definitivamente, y que, por encima de todo, las fuerzas de seguridad, tanto españolas como francesas, no deben, bajo ningún concepto, rebajar su presión sobre el totalitarismo terrorista.
Tal y como reiteradamente hemos señalado en Euskadi Información Global, el Gobierno socialista y ETA tienen un plan, y éste puede resumirse de un modo muy sencillo: “Paz por presos” o cómo el Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero está decidido, en un plazo no superior a cinco años, a dejar vacías la cárceles españolas de reclusos etarras, siempre y cuando los criminales abandonen las armas. Por supuesto, esto lleva implícita la legalización de Batasuna, quien automáticamente estaría en condiciones de participar en las próximas contiendas electorales que se avecinan en 2011 (elecciones municipales), 2012 (elecciones generales) y 2013 (elecciones autonómicas vascas).
Los acontecimientos avanzan dramática e inexorablemente en esta línea, y el único elemento disonante en la hoja de ruta es el de los tiempos, el de las certezas y el de las seguridades. Los cuatro años propuestos por Antonio Basagoiti como cordón sanitario serían una buena alternativa para saber si, definitivamente, ETA es consciente de su muerte y para tener el convencimiento de que Batasuna ha dejado de creer, casi milagrosamente, en los beneficios que le proporcionaba la “socialización del dolor”. Pero el tándem ETA-Batasuna tiene prisa y el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, también. Y a todos debería preocuparnos esta rapidez, este pasar página y este interés insólito por aplicar toneladas de impunidad sobre tanta sangre derramada, por olvidar casi medio siglo de totalitarismo nacionalterrorista, por apelar al perdón en vez de a la justicia y, sobre todo, por convertir a los verdugos de ayer en protagonistas de un presente y un futuro que ninguna de sus víctimas ha podido disfrutar.


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