Una vecina donostiarra relata en exclusiva lo que sintió cuando se enteró de que había vivido durante meses junto a un almacén de explosivos de la banda terrorista ETA

Testimonio


Euskadi Información Global. Redacción. San Sebastián.  Nunca presupones el horror. Cuando el pasado viernes 1 de octubre, a las 15, 30 horas, vi que varios vehículos de la Guardia Civil rodeaban el portal que da acceso a mi vivienda, situada en la calle Katalina Eleicegi de San Sebastián, no me acordé de ETA. Con la sorpresa del momento, mientras algunos policías vigilaban ya en la calle, otros comenzaban a subir las escaleras y un tercer grupo entraba por el garaje, solamente atiné a pensar que iban en búsqueda de alguna banda de ladrones. Oímos hablar tanto de las organizaciones criminales de los países del Este que, de verdad, fue lo primero que se me ocurrió.
Con la carretera cortada resultaba complicado salir de casa, pero no me importó. Los viernes, mis hijos terminan tarde en el colegio, así que no tenía prisa, y no podía dejar de mirar por las ventanas. Me extrañó que los guardias civiles no se movieran del portal y que subieran y bajaran tanto por las escaleras, así que comencé a pensar que, quizás, hubieran llegado para detener a alguno de mis vecinos.

Encendí el ordenador, me conecté a Internet y en “El Diario Vasco” y en "Euskadi Información Global"  ya pude consultar las primeras informaciones. Y entonces fue cuando me invadió el terror. Cuando leí que la Guardia Civil estaba buscando varios centenares de kilos de explosivos que la banda terrorista ETA podía tener almacenados en mi propio edificio, sentí que mis piernas temblaban y que el pánico me invadía. Ahora, cuando lo pienso con más calma, sé que fue algo extraño. No tenía miedo de que las bombas pudieran estallar en aquel momento ni de lo que ocurriría si, al final, la Guardia Civil no era capaz de hallar los artefactos. No. Sentí pánico porque, de pronto, recordé a mis hijos pequeños durmiendo plácidamente en su habitación, mientras kilos de explosivos se acumulaban a unos pocos metros de ellos; me acordé de tantas veces como los críos habían subido y bajado las escaleras, desdeñando los ascensores, y quizás habían acariciado el local donde los asesinos tenían guardada su mercancía de muerte; y pensé en mis vecinos, en lo que luchan, trabajan y se esfuerzan todos los días por sacar sus familias adelante, para llevar una vida tranquila y para asegurar el futuro de sus pequeños, todo ello para que unos sinvergüenzas puedan destruirlo todo en apenas unos instantes con una montaña de bombas lapa. Todavía sentada ante el ordenador, me eché a llorar.
Oía a los guardias civiles subir y bajar. Intentaban ser discretos, pero era inevitable que hicieran ruido. Vi los perros especializados en la detección de explosivos. Y luego vi cómo traían esposado a quien luego supe que era el etarra Javier Atristrain (en la imagen). En aquel momento hubiera matado con mis manos a aquel asesino.
El tiempo pasó y tuve que salir de casa a buscar a mis hijos al colegio. Me tomé rápidamente un café y pensé que aquellos policías tendrían sed con esas ropas y esas botas y esas armas. Se me ocurrió llevarles unas botellas de agua, pero luego pensé que, en medio de aquel trajín, no iban a ponerse a beber. No me podía quitar la imagen del etarra con las manos esposadas y creo que también con los pies atados. Sentí auténtico odio hacia aquel criminal.
Tenía el coche aparcado en la calle, y mientras bajaba hacia la salida pensé en lo terrorífico y demencial que era toda aquella situación, y en cómo era posible que, en el siglo XXI, todavía hubiera en este país tantos fanáticos fascistas dispuestos a matar. También fui consciente de tantos silencios, tantas connivencias, tantas cesiones y tanta ayuda que muchos vascos han ofrecido a ETA. Y sentí que no podía más. Y supe que algún día, sin duda, abandonaré esta tierra que tanto me ha dado y tanto me ha quitado. Por mis hijos.
Se abrió la puerta del ascensor. Llegué al portal. Dos guardias civiles custodiaban la puerta. Creo que no pudieron oírme cuando musité un tímido “Gracias”.

6 comentarios:

  1. Tremendo relato. Yo a esta buena señora es que si existen fanáticos como estos, es porque alguien se preocupa, y se esfuerza e invierte mucho en crearlos.

    Y cuando digo "crearlos", lease en el sentido más literal de la palabra.

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  2. Señora, dígalo más alto: GRACIAS a la Guardia Civil, la institución garante de las libertades de los vascos durante las últimas décadas. ESKERRIK ASKO, BIHOTZEZ. Sin la continua actividad antiterrorista de la Guardia Civil, el poder de coacción de ETA sería hoy omnímodo en la sociedad vasca.

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  3. Sr Ogro, retire ahora mismo eso de llamar fanaticos a la guardia civil

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  4. Anónimo: El Señor Ogro, con el apelativo de "fanáticos", no se refiere a la Guardia Civil, sino a los etarras.

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  5. El segundo anónimo, que me acusa de llamar fanáticos a la guardia civil, miente a sabiendas, como suele hacerlo siempre, al más puro estilo nazionalista-Goebbles (redundancia).

    Supongo que será un nacionalista autodenominado "democrático" o "moderado", ideología ridícula y de risa si no llevaran 4 décadas apoyando al mundo batasuno-ETA y acabando con las libertades de los vascos en nombre de la quimérica y nunca existida Euskalherria.

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  6. Mentir? Pero si el que no sabe redactar en su idioma eres tú!

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