Apunte breve sobre la catástrofe moral que se avecina o sobre cómo los asesinos de ayer se convertirán en los referentes políticos del mañana

Euskadi Información Global. Raúl González Zorrilla. Pase lo que pase con Sortu y con Bildu, el mundo nacionalterrorista vasco ya ha comenzado a recorrer el camino de su redención. Como ya hemos señalado en Euskadi Información Global, independientemente de si el dúo ETA-Batasuna llega a colarse o no en las elecciones municipales del próximo 22 de mayo, el secesionismo vasco afín a los terroristas ha conseguido ya imponer parte de su agenda política que, a medio plazo, tiene un único objetivo: convertir a los criminales de ayer, y a los cómplices ideológicos de éstos, en el grandes referentes socio-políticos del mañana vasco.
En estos momentos, las múltiples iniciativas impulsadas desde la autodenominada "izquierda abertzale", tutorizadas en su mayor parte por la banda terrorista ETA, cuentan con varias conquistas en su haber: han logrado que comience a resquebrajarse el pacto antiterrorista que mantienen el PSOE y el PP y que tan eficazmente ha actuado contra ETA; han conseguido que la flexibilización de la política penitenciara, cuando no los más obscenos excarcelamientos, comience a ser una feliz realidad para demasiados presos etarras; han impulsado un movimiento soberanista, que pivotando alrededor de Bildu, ha venido para quedarse y que ha conseguido descolocar electoralmente al PNV y arrumbar en el camino a un "peligroso" competidor como Aralar; han conquistado un nuevo rostro público que, legitimido por la práctica totalidad de la izquierda patria, está consiguiendo que los españoles olviden quiénes son los terroristas, quiénes son los cómplices de éstos y quiénes se benefician de unos y de otros; y, definitivamente, han perfilado, con la ayuda de una parte importante de los socialistas y de los muchos nacionalismos éticamente idiotas que hay en este país, un nuevo y perverso escenario en el que, incomprensiblemente, lo habitual es que víctimas del terrorismo, ciudadanos demócratas y liberales, y personas simple y llanamente decentes, sean considerados como ultras peligrosos e involucionistas a los que hay que excluir del debate público.
Si a todo esto le añadimos, además, la posibilidad cada vez más factible de que, presionado por los malos resultados electorales, por la crisis económica y por los escándalos políticos que sacuden a su partido, José Luis Rodríguez Zapatero trate de salvar sus últimos meses de mandato tratando de obtener réditos con un “posible” final de ETA, todo está preparado para la gran catástrofe moral que, a todas luces, ha de llegar: la que se producirá el día no lejano en el que, en un clima de “máxima normalidad”, veamos a uno o varios psicópatas asesinos de ETA mancillando los pasillos y gestionando las cuentas de una o varias instituciones democrátricas.

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