Veo en algunas plazas de España a miles de jovencitos celebrando que por fin los vascos han recuperado su "derecho a expresarse libremente". Recuerdo los ojos que se asomaban por aquella mirilla de cristal blindado, y me irrito, me indigno y debo luchar para que no me invada la desesperación

La vida en los pueblos "Bildu". Una semana en Leiza
Autor: Alejandro Campoy
Una bucólica imagen de Leiza
Verano de 2000. A la entrada de Leiza, localidad de fácil acceso gracias a una magnífica autovía que une Pamplona con Donostia y que costó unas cuantas vidas allá por los años ochenta , hay un pequeño cuartel de la Guardia Civil. He parado a preguntar justo a la entrada, y me llama la atención una garita del cuartel. Parece desierto, pero no: a través de una mirilla de cristal blindado, veo unos ojos que lo observan todo entre cansados y asustados. Sí, están ahí dentro, prisioneros, encerrados.
Estoy alojado en un pequeño hostal. Busco la dirección a la que quiero ir y llamo a la puerta. Mi buen amigo Azmán uld Alamín, saharaui mutilado de guerra se encuentra allí. La última vez le vi en su haima, en medio de la nada sahariana, y hoy le encuentro en medio de verdes prados esmeralda, pero sigue ataviado con su darrá azul y su negro turbante. Por uno de esos misterios que rodean la organización del Frente Polisario, el niño que debía haber llegado a mi casa en Toledo ha ido a parar a Leitza. Y esta vez también ha viajado su padre. Una mina le arrancó de cuajo su pierna derecha, incluida la cadera. Ahora van a intentar ponerle una prótesis. Bien, he llegado y mi carta de presentación es bastante aceptable: soy amigo del Frente Polisario.
Los batasunos se han encargado de hacer creer a los saharauis que sus luchas son exactamente iguales y equivalentes. Ni siquiera intento explicarle nada a mi amigo Azmán. Es analfabeto, no sabe leer ni escribir. Sólo dejo escapar un comentario: "encuentro bastante diferencia no sólo en el paisaje, sino sobre todo en las casas en las que viven aquí y vuestras haimas del desierto. Aquí parece que siguen viviendo en sus casas y en su tierra, no veo exiliados ni refugiados". Y ya está, no voy a ir más allá. No merece la pena hablarle de esos 200.000 exiliados vascos que ya no viven en sus casas ni en su tierra. No viven en campamentos, pero hay una cantidad equivalente, hay más o menos los mismos exiliados vascos que refugiados saharauis.
La familia que tiene acogido a Azman me recibe bien. No diré su nombre, siguen viviendo en sus casas allí, en Leitza. Me enseñan el pueblo, y durante el recorrido nos cruzamos con Iñaki Perurena. Lleva medio canal de vaca en un hombro como si nada. Se dirige a su carnicería. Vamos a tomar algo. El bar está abarrotado de fotografías de presos etarras, y tras la barra observo unas cajitas de madera con una etiqueta cada una: Jarrai, Gestoras, LAB,... Nadie me saluda ni me dirige la palabra, pese a ir acompañado por Jon, a quien todos conocen. Nadie hace la menor pregunta. Las preguntas se hacen después, aparte. Pero ya me han hecho la ficha. Mi matrícula de Toledo, TO, llamó la atención según entraba en el pueblo. No pude reprimir más adelante ser sarcástico con un chaval que me preguntó de dónde era esa matrícula: "de Tolosa", le respondí, intentando contener la carcajada...



1 comentario:

  1. Gran artículo el mencionado.
    Es la misería ética más absoluta la que campa por estas tierras, unida a la cobardía más infecta.

    Porque hay que decirlo claro, que muchos vascos apoyan esa "lucha armada", porque no son sino una panda de cobardes.

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