"Nada podrá reconstruirse desde un punto de vista ético si, interesadamente y para acercar a los terroristas los beneficios de la impunidad, se intenta correr un tupido velo sobre la infamia y la iniquidad"

TODOS VÍCTIMAS, NINGUNA VÍCTIMA
Autor: Foro contra la Impunidad en el País Vasco

Los últimos movimientos de los presos de la banda terrorista ETA, que buscan nuevamente chantajear a la sociedad española intentando, entre otras cosas, ligar el presunto final de la organización criminal a la consecución de una amnistía general para sí mismos, evidencia de una forma estridente el que va a ser para los próximos años el gran reto moral de los ciudadanos vascos demócratas: la lucha contra la impunidad.
En este sentido, hoy debemos permanecer más atentos y alerta que nunca, pues quienes, de una forma tan ignominiosa como electoralmente rentable, tratan de implantar en nuestra sociedad la semilla de la indemnidad no lo van a hacer únicamente buscando la progresiva excarcelación de los terroristas de la banda terrorista ETA. Quienes apuestan por rescribir la historia de lo sucedido en Euskadi durante los últimos cincuenta años y quienes, para diluir las responsabilidades éticas de los verdugos y de sus cómplices políticos, abogan por convertir a todos los hombres y mujeres de esta tierra en víctimas de diferentes afrentas que se anulan unas con otras, tienen un único objetivo éticamente demoledor para quienes confiamos en el sistema democrático de convivencia: implantar artificiosamente la idea de que “es necesario pasar página” y “ceder desde todas las partes” para alcanzar una “reconciliación” en la que no haya “ni vencedores ni vencidos”.
La búsqueda de impunidad para la banda terrorista ETA y para la autodenominada “izquierda abertzale” que está tratando de hacer efectiva la coalición Bildu desde la Diputación foral de Guipúzcoa y desde el más de centenar de ayuntamientos que gobierna en el País Vasco y Navarra cuenta con el aval del nacionalismo político-sociológico, pero también cuenta con la aquiescencia del Gobierno de Patxi López. De hecho, todos ellos, con diferentes matices, se han embarcado en una estrategia que trata de mezclar a las víctimas del terrorismo, de los “excesos policiales”, de los malos tratos, de torturas, de agresiones injustas e, incluso, de la dictadura franquista y de la batalla de Machichaco, con la pretensión, tan sibilina como vergonzosa, de fomentar la mentira suprema de que la actividad asesina de ETA solamente es una cara más de un conjunto variado de violencias ejercidas desde el Estado democrático español o desde personas, entidades u organizaciones ligadas a éste.
La existencia evidente de víctimas de diferentes organizaciones terroristas y de víctimas diferentes a las víctimas del terrorismo no debe hacernos olvidar que en Euskadi jamás ha habido “dos bandos enfrentados” o que el único conflicto real que ha existido en nuestra tierra es el generado por la banda criminal ETA, aún en activo, que ha asesinado a casi un millar de personas, que es la responsable de algunos de los crímenes más horrendos que se han producido en Europa a lo largo de los últimos años y que todavía ahora desea conseguir un premio político por dejar de matar.

Frente a quienes apelan a no volver la vista hacia atrás y a camuflar lo sucedido para no despertar las iras de quienes todavía amenazan con volver a asesinar, el recuerdo constante y permanente de lo padecido ha de erigirse como el núcleo central de cualquier proyecto conjunto de sociedad que pretenda superar varias décadas de terror. A pesar de las interpretaciones perversas que se hacen al respecto, la memoria histórica de lo reciente no es algo que impida cerrar las viejas heridas. Más bien al contrario, la memoria es la única herramienta de que dispone una sociedad para interiorizar sus desmanes, para vertebrar nuevos caminos de futuro que se alejen de la atrocidad y, sobre todo, para cerrar con un mínimo de solidez heridas colectivas que jamás debieron haberse provocado. Un hipotético perdón del daño causado, que hay que recordar que es algo que no puede exigirse desde un punto de vista político o jurídico, solamente pueden tener sentido sobre el recordar fiel de lo que ha acaecido y sobre una perspectiva a largo plazo que presente visos ciertos de que el horror no va a volver a reproducirse.
Nada podrá reconstruirse desde un punto de vista ético si, interesadamente y para acercar a los terroristas los beneficios de la impunidad, se intenta correr un tupido velo sobre la infamia y la iniquidad y se intenta difuminar el perfil testimonial, acusador y claramente definido de las víctimas del terrorismo, al mismo tiempo que se refuerza el protagonismo reivindicativo de los antiguos etarras que ahora dicen no querer matar.
Como se ha demostrado en los homenajes a las víctimas del 11S que recientemente han tenido lugar en Nueva York y Washington, reconocer y honrar a los damnificados por la barbarie terrorista es un acto de humanidad, pero es, sobre todo, una iniciativa que contribuye a la cohesión ética de la ciudadanía, que polariza las fuerzas contra el terror y que deslegitima radicalmente cualquier intento de comprender, argumentar o justificar la acción asesina llevada a cabo por los criminales, así como corta de raíz cualquier intento hediondo de idolatrar a éstos. Dicho esto, ¿se imagina alguien que pudiera ser posible que el gran Memorial que se acaba de levantar en el Worl Trade Center homenajeara, además de a los hombres y mujeres asesinados en las Torres Gemelas, a, por ejemplo, todos los damnificados por el racismo en la reciente historia de la ciudad norteamericana, a los afectados por los abusos policiales a lo largo de las últimas décadas, a los neoyorquinos perjudicados por las prácticas mafiosas en los años veinte del pasado siglo o, en el colmo de la estulticia, a todos los miembros de Al Qaeda autoinmolados en atentados suicidas en cualquier lugar del mundo?


1 comentario:

  1. En la charla organizada por la Fundación Sabino Arana, Monseñor Uriarte dijo que sin reconciliación, no se podrá dar por cerrado el ciclo de la violencia; que tiene que haber respeto mutuo; que todos tenemos que ser vencedores y que no habrá paz con vencedores y vencidos. Ante lo expuesto por el señor obispo, se aprecia un mensaje pastoral subliminal, que no se ajusta a la realidad ni a los sentimientos; equipara, pretende la reconciliación con quienes justifican los asesinatos de inocentes, sin mostrar contrición alguna por los delitos cometidos, sin reconocer el sufrimiento causado y sin ánimo de compensar y ni de pedir perdón.
    Para que pueda darse por cerrado el ciclo de la violencia y de comienzo la reconciliación, la Iglesia vasca tiene reconocer que demasiados clérigos y jerarcas han venido comprendiendo y alertando el imaginario nacionalista , popularizando su discurso, consintiendo y apoyando su imposición y que apostaron por valores nacionalistas de imposición, antes que por los valores evangélicos, la convivencia y la libertad y debe de pedir perdón. Para dar por cerrado el ciclo de la violencia y comience la reconciliación, quienes han estado gobernando hasta hace poco, han comprendido, apoyado y pactado con los radicales violentos, quienes han adoctrinado, hegemonizado y etnizado, quienes han permitido que los radicales tuvieran inmunidad ante la apología del terrorismo, quienes con el pacto de Estella, excluyeron, marginaron, y dividieron a la sociedad vasca y se repartieron las nueces, tienen que reconocerlo, ser consecuentes, rectificar y deben pedir perdón. Para cerrar el ciclo de violencia y de comienzo la reconciliación, los responsables del GAL, tienen que reconocer sus atrocidades y pedir perdón. ETA tiene que entregar las armas y desaparecer, sin condiciones. Quienes han cometido o contribuido a cometer casi mil asesinatos de inocentes y han destrozado la vida a miles, tienen que ser respetuosos, pedir perdón por los crímenes cometidos y admitir que se equivocaron y que no pueden seguir justificando sus barbaridades, ni enalteciendo el terrorismo. Que no pueden poner condiciones para dejar de matar, que deben de aceptar las reglas de juego y de hecho, también, que traten de conseguir sus aspiraciones democráticamente. Para el comienzo de la reconciliación, los presos, han de ser consecuentes con las tropelías cometidas, acogerse a las medidas de inserción, deben pedir perdón y esperar comprensión y generosidad
    No se trata de culpar sólo a unos ni de aniquilar a nadie, pero para ir cerrando el ciclo de la violencia y caminar hacia la reconciliación tiene que haber admisión de culpas, petición de perdón mediante hechos y comportamientos y admitir también que hay y habrá vencedores comprensivos y vencidos convencidos y coherentes.

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