"El Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero ha roto unilateral e irresponsablemente con algunos de los valores más importantes sobre los que se ha asentado la modernidad y el progreso occidental a lo largo de los últimos siglos"

El LEGADO
Un artículo de Raúl González Zorrilla
“Hay un límite más allá del cual la tolerancia deja de ser una virtud” escribió el poeta británico Edmund Burke (1729-1797) y, con esta afirmación, el autor de “Reflexiones sobre la Revolución Francesa” no sólo parecía presagiar ya tiempos futuros en los que en occidente habría de reinar el pensamiento más débil, el relativismo más obsceno y el nihilismo más tosco sino que, además, estaba anunciando la llegada de una muy preocupante élite política y cultural que, al diluir la solidez de los límites éticos más elementales en aras de la máxima transigencia moral, habría de terminar confundiendo a las víctimas con los verdugos y, lo que aún es peor, otorgando a la iniquidad y a la estulticia el mismo valor que al mérito y a la excelencia.
Ciertamente, la existencia de Gobiernos que maceran a su antojo las leyes y que transforman los Estados sobre los que rigen en eriales normativos y en desiertos institucionales no es infrecuente en algunos lugares del mundo, especialmente en las zonas del planeta más depauperadas y más azotadas por la corrupción y la violencia. Pero lo que sí resulta novedoso y profundamente preocupante es que durante los últimos años España haya pasado a convertirse, como consecuencia de las decisiones de un Ejecutivo ideológicamente flácido, intelectualmente exangüe y doctrinalmente inconsistente como el de José Luis Roodríguez Zapatero, en el primer Estado radicalmente anómico de la Europa del siglo XXI. Así las cosas, es posible afirmar que más que por erróneas, imperfectas y fallidas, que también, las estrategias y las decisiones políticas impulsadas por José Luis Rodríguez Zapatero han sido excepcionalmente delicadas para la nación por su intensa capacidad para socavar los cimientos más sólidos del entramado institucional español y por el poder que han demostrado tener para dinamitar los consensos colectivos más elementales sobre los que descansa nuestra sociedad desde la cada vez más lejana Transición. 
En este sentido, al entablar una negociación equidistante con la banda terrorista ETA aceptando convertir a los asesinos de hoy en los referentes políticos de mañana, al aliarse estratégicamente con las formaciones nacionalistas más extremistas y totalitarias, al utilizar prácticas indignas de una democracia consolidada para expulsar del juego institucional al principal partido de la oposición o al presionar según sus intereses a los diferentes poderes del Estado haciendo jirones la imprescindible independencia de éstos, los socialistas no solamente han hecho una virulenta gestión del Gobierno sino que, además, han contribuido como pocos a convertir la molicie deontológica, el consentimiento indolente y la acracia comportamental en los únicos macrorrelatos sobre los que se asientan la vida pública y la convivencia social.
Las decisiones políticas tomadas por José Luis Rodríguez Zapatero han sido excepcionalmente delicadas para la nación por su intensa capacidad para socavar los cimientos más sólidos del entramado institucional español y por el poder que han demostrado tener para dinamitar los consensos colectivos más elementales sobre los que descansa nuestra sociedad
La izquierda española actual, bañada tardíamente de un espíritu posmoderno frívolo, desarmado, contemporizador y desinteresado de la defensa del sistema democrático y de la salvaguardia de los valores fundamentales que conforman la esencia de la civilización occidental, parece despreciar por decrépitos y obsoletos los modelos éticos sobre los que se levantan nuestras sociedades. Y, como consecuencia de ello, es tal su ignorancia, su desconcierto y su carencia de recursos intelectuales ante los nuevos retos que cotidianamente plantea la época convulsa que habitamos que, cuando se han visto necesitados de principios y de referentes, lo único que estos abanderados de la condescendencia han sido capaces de proponer a los ciudadanos es un engendro ideológico-político como el de la “Alianza de las civilizaciones” o, en su defecto, el regreso a tiempos pasados completamente idealizados y anacrónicos como los que se desprenden de la Ley de Memoria Histórica o como los que supuraba el pactismo dimisionario y vacuo del Presidente ya ido.
Pero es que, además, el espacio para la impostura creado por el Gobierno socialista, ese territorio infame en el que cualquiera puede defender sin sonrojo una causa y su contraria al mismo tiempo, se ha convertido, como no podía ser de otro modo, en un desierto doctrinal remiso e indócil a la aplicación de las leyes, salvo cuando éstas impelen, como en el más asilvestrado régimen totalitario, a extravagancias intervencionistas que nos recuerdan qué límites de velocidad tenemos que respetar, qué bombillas debemos comprar, qué hamburguesas tenemos que comer, qué películas españolas o extranjeras tenemos que ver y qué tipo de productos se pueden publicitar.
Un Gobierno anómico que ha negociado políticamente con los mismos terroristas con los que continúa manteniendo intensos contactos, que ha confundido la apología de la violencia con el derecho a opinar y que ha convertido gratuita e impunemente el territorio español en un caótico reino de taifas en el que todo puede ser posible, da luz a una sociedad desarbolada en la que la incesante y premeditada degradación de las normas sociales queda perfectamente reflejada en una utilización vacía, tergiversada e inicua del lenguaje. De hecho, esta manipulación perversa de las palabras y de sus significados, la misma que sacraliza el término diálogo como una panacea casi mística capaz de ocultar todo tipo de indignidades, la que describe los atentados etarras como simples accidentes y la que a fuerza de repetir incesantemente la misma falsedad consigue que ésta se convierta en certeza absoluta en los titulares de todos los periódicos, es también un ejemplo claro del estado de desmantelamiento al que el Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero ha arrastrado a la ciudadanía española. Y es que no debemos olvidar que, según el Diccionario, la anomia es también, y esencialmente, un trastorno del lenguaje que impide llamar a las cosas por su nombre.  
En su primera participación en un Debate sobre el estado de la Nación, José Luis Rodríguez Zapatero afirmó que el nuestro “es un país que necesita nuevos modelos y nuevas reglas institucionales” y, bajo este principio, el Ejecutivo socialista ahora desmoronado se ha embarcado, a lo largo de los últimos años, en un proceso catastrófico de licuefacción de las leyes y de las instituciones que ataca directamente a lo que, en mi opinión, es la esencia de los estados democráticos más avanzados: la presunción de la convivencia colectiva, la predecibilidad de los comportamientos sociales y la perdurabilidad de las instituciones.
Una nación sólida, homogénea e integrada, en la que los organismos de poder democrático mantienen su firmeza, en la que los códigos se cumplen y en la que los principales actores que gestionan la vida pública actúan según se espera de ellos, proporciona a los ciudadanos plena garantía en la protección de sus derechos, máxima confianza en sus construcciones políticas y una elevada seguridad individual levantada sobre la más absoluta previsibilidad del funcionamiento del sistema de convivencia.
La grandeza y la superioridad de todo Estado democrático radica, entre otras cosas, en que los hombres y las mujeres que lo conforman, cuando salen cada día de su casa, asientan su existencia y su coexistencia sobre un puñado de certezas elementales como, por ejemplo, que los delincuentes han de ser detenidos y puestos a disposición de las fuerzas de seguridad, que la violencia nunca ha de legitimarse como un método de participación social, que un mismo idioma ha de servir para comunicarse en el territorio común del Estado, que el derecho a una educación pública en condiciones no puede depender de los caprichos legislativos de cada autonomía o que la construcción de las grandes infraestructuras no puede estar sujeta al albur de las decisiones de grupúsculos radicales y extremistas. Que, en definitiva, psicópatas asesinos como Iñaki de Juana Chaos o Idoia López Riaño (“La Tigresa”) no pueden ser puesto en semilibertad, que la Justicia para todos no puede depender de los intereses políticos de unos pocos y que no se puede gobernar un país cuestionando grosera y permanentemente todo aquello que permite que sus ciudadanos se sientan, orgullosamente, como tales.
El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, maleable, insustancial y líquido ha roto los pronósticos políticos más sólidos de los ciudadanos y de la democracia española y ha sumido al país en un páramo de tierras movedizas, inestables y caóticas que quienes vivimos en Euskadi desde hace más tiempo del que somos capaces de recordar conocemos a la perfección. Al igual que el nacionalismo vasco lleva haciendo durante décadas, el Ejecutivo socialista, al intentar plegar su agenda sociopolítica a las demandas incongruentes de los terroristas, de los amigos de los terroristas, de los independentistas más ariscos, de la izquierda más huraña y de los sectores sociales más radicales y populistas, ha roto unilateral e irresponsablemente con algunos de los valores más importantes sobre los que se ha asentado la modernidad y el progreso occidental a lo largo de los últimos siglos y nos ha abocado a padecer una realidad hedionda en la que los delincuentes son tratados como los líderes del futuro, en la que los demócratas son expulsados al gueto misterioso de la derecha extrema y en la que, en el colmo de las vilezas, las víctimas del terrorismo son consideradas como peligrosos elementos de odio, intolerancia y crispación. Este, y no otro, es el auténtico legado José Luis Rodríguez de Zapatero.

1 comentario:

  1. De los acontecimientos que se han venido dando estos días, destacan las elecciones con la exhibición del vuelo acrobático de la gaviota y el rasante del faisán; la elección del presidente del Presidente, los nombramientos de portavoces, ministros y altos cargos; la lotería, el caso Urdangarín y el discurso del Rey. Todo ello tiene al gentío expectante, desconfiado, sin pasta, con sucedáneos de turrón y aprovechando el pan duro. Al anterior presidente se le ve ya como un triste episodio de la reciente historia del país; ha contribuido al resurgir de ETA, a la división de España y de los españoles, en el agravamiento de las crisis económica, social, de paro, política y judicial y también en la de los Servicios de Inteligencia. Por ello ante la elección del nuevo presidente y su gobierno, a los ciudadanos se nos alegra el ojillo y con mucho escepticismo, se reactiva la esperanza en suspenso y a la expectativa por lo dicho por el Presidente en su envestidura reconociendo la labor de Zapatero, por los elogios del nuevo ministro Jorge Fernandez a Rubalcaba y por los de Gallardón a Caamaño.
    Esperanza en suspenso y a la expectativa porque a juzgar por las declaraciones de quienes ahora gobiernan, resulta que Zapatero y compañía, no lo hicieron tan mal. Escepticismo y expectativa por ver si de ahora en adelante se seguirá obstaculizando la investigación del 11-M, el caso Faisán, los enriquecimientos de Bono, Chaves, Matas; al juez Garzón y las operaciones de la gasolinera, las imposturas y los despilfarros. Expectativa, porque a sus señorías les sigue tocando el gordo de prebendas que no rehúsan y a los demás la pedrea o pedradas. Expectativa porque no ha disminuido el número de parados, no han parado los desahucios ni liberado a padres jubilados del mantenimiento de los hijos. Expectativa por ver qué pasa con el jugador de manos largas y ante lo manifestado por el Rey diciendo que la Justicia tiene que ser igual para todos, ya que hasta ahora no ha sido así.

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