"La banda terrorista no nos ha derrotado, nos ha malherido, pero nos hemos levantado y afrontamos la vida con el coraje y la dignidad que los terroristas y sus seguidores no conocen ni en sueños"

"En el nombre de Alberto y Ascen"
Autora: Teresa Jiménez Becerril

Teresa Jiménez Becerril

Parece que fue ayer... Nunca una frase hecha se hizo tan verdadera entre los que recordábamos esa fría noche del 30 de enero de 1998 en la que los terroristas de ETA acabaron con la vida de mi hermano y su mujer. Lo único que nos obligaba a admitir que habían pasado 14 años era que hoy sus hijos, que entonces tenían 4, 7 y 8 años y que jamás volverían a ver a sus padres, habían abandonado la niñez y afrontaban el recuerdo, como nosotros, con seriedad y fortaleza.
Y mirando a mis sobrinos, llenos de vida y de alegría -pensé-, son el mayor fracaso de ETA. La banda terrorista no nos ha derrotado, nos ha malherido, pero nos hemos levantado y afrontamos la vida con el coraje y con la dignidad que los terroristas y sus seguidores no conocen ni en sueños. Esa es la diferencia, los verdugos nunca podrán igualar a sus víctimas por mucho que se sienten en sillones de terciopelo y presuman de bastón de mando. Nunca podrán sostener una mirada de frente de un inocente, ni responder sin bajar los ojos a una sola de sus preguntas. Simplemente porque no tienen respuesta.
Toda esa palabrería con la que adornan sus discursos prohibidos o bendecidos por los votos y por el regalo de un Gobierno sin decencia y de unos jueces que ese día la olvidaron en su casa son inconsistentes y falsos. Sus arengas son proclamas para la parroquia nacionalista, ignorante, fanática y sin más miras que las q:ue le permiten las orejeras de su pobre historia, de la que las mejores páginas fueron y siguen siendo escritas por mujeres y hombres que amaron y aman a España. No habitarán la gloria todos estos peligrosos independentistas que buscan sus héroes entre quienes disparan por la espalda y corren como ratas asustadas. ¿Qué quieren que les diga? Que me quedo con la mirada limpia y bella de mi sobrina Ascen, con la sonrisa dulce y eterna de Alberto niño y con el tesón y la paz de Clara. Y cómo no, con la valentía de mi madre, que nunca ha llorado porque no ha tenido ni el tiempo ni la posibilidad de abandonarse al dolor. Esos son nuestros héroes, y tantos otros repartidos por toda España, que quizás olvidamos, pero que quienes conviven con ellos conocen su heroicidad diaria, humilde y sin mayor aspiración que no tener que aceptar a sus martirizadores como iguales en una guerra que no existió.
No es necesario poner una corona en el lugar donde Alberto y Ascen fueron tiroteados para ser conscientes no sólo de la necesidad de conservar su memoria, sino del derecho de los suyos a que se cumpla la ley, pero siempre es aconsejable revivir cada año el ritual del profundo dolor que provocó ETA para evitar caer en la tentación del olvido. Me decía nuestro ministro del Interior, al que yo agradezco de todo corazón su asistencia a la misa y a los actos en recuerdo de mi hermano y su mujer, que estaba muy emocionado y que era importante para él lo que estaba viviendo. No me cabe duda de que Jorge Fernández no necesita refrescar su memoria porque sus convicciones son sólidas, pero seguro que estar entre nosotros, víctimas del terrorismo, y compartir no sólo nuestro dolor, sino nuestra alegría y nuestra determinación, le ayudará a reforzar su deseo de hacer de España un país mas libre, más justo y más seguro.
Catorce años han pasado y mi voz suena en esa calle Don Remondo, maldita para los que amamos a Alberto y a Ascen, tan quebrada como la primera vez que tuve que hablar donde cayó mi hermano. La voz herida pero con fuerza suficiente como para ser escuchada por quienes serán responsables de la suerte de los familiares de los asesinados, secuestrados y heridos por la banda terrorista, quienes están comprensiblemente inquietos por el avance político de ETA y por sus reclamaciones en favor de un final que beneficiará más a quienes asesinaron que a aquellos que aún lloran a sus muertos. Y en esa estrecha calle del barrio de Santa Cruz, donde tres asesinos esperaron que el amor, la alegría y la vida doblaran la esquina encarnados en dos jóvenes sevillanos, para abatirlos a tiros por aquello que representaban, la libertad, el servicio a España y todos aquellos valores que los terroristas y su mundo desprecian.
Allí, 14 años después y pisando esos adoquines que se tiñeron de sangre y de pétalos de tres claveles, que Ascen sostenía para que sus niños los llevaran al colegio esa mañana para celebrar el día de la paz, allí rezamos un Padrenuestro por sus almas y por las nuestras. Y yo aproveché la oportunidad para pedirle, no a Nuestro Señor (aunque no vendría mal que intercediese), sino a quienes tendrán la enorme responsabilidad de decidir ante este inacabado e inseguro fin de ETA, que no teman, que no flaqueen, que no se es intransigente, ni vengativo, ni falto de altura política por decirles alto y claro a los terroristas que no les debemos nada. Ya se lo dijo nuestro presidente al representante de Amaiur en las Cortes y se lo ha repetido nuestro ministro del Interior con la fuerza que da estar de parte de los inocentes frente a los culpables, que pretender un final sin vencedores y vencidos es inmoral. Y yo, con la emoción que me embargaba al respirar el aliento de quien más quería, que había bajado de los cielos para ayudarme, dije un no sereno pero rotundo. No a la amnistía, no a la independencia, no a los beneficios penitenciarios y no a las exigencias de los terroristas. Y lo hice en el nombre de Alberto, en el de Ascen y en el de todas las víctimas del terrorismo.

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