Guipúzcoa y San Sebastián, feudos de Bildu en el País Vasco, encabezan los niveles de riqueza en Euskadi

Según la Estadística de Renta Personal y Familiar elaborada por el Instituto Vasco de Estadística (Eustat), en colaboración con las Diputaciones Forales de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa, la renta personal media de los residentes en Euskadi en el año 2009 se sitúa en 19.631 euros, un 13% más que tres años antes. La población guipuzcoana, que hace unos meses situó al filoterrorismo de Bildu en los puestos clave de su territorio, es la que dispone de una mayor renta personal, 20.270 euros anuales, seguida por Álava con 19.657 euros y Vizcaya con 19.241 euros.
El municipio vasco con una mayor renta personal media es Laukiz (Vizcaya), con 29.128 euros. En Álava, el municipio con una renta personal más alta es Arrazua-Ubarrundia, con 27.608 euros, y en Guipúzcoa, el de mayor renta personal es Mutiloa, con 24.804 euros. Por el contrario, con menores rentas personales están Lanciego (Álava), con 12.668 euros, Errezil (Guipúzcoa), con 15.129 euros, y Lanestosa (Vizcaya), con 11.958 euros.
La renta personal en las tres capitales vascas supera el promedio de Euskadi. En primera posición se encuentra Donostia-San Sebastián, con 23.054 euros; le sigue Bilbao, con 20.081 euros y, por último, Vitoria, con 19.980 euros.
Análisis: "El bildutarra exquisito"
El hombre trabaja con el mimo de los antiguos artesanos, con la precisión de quienes están acostumbrados a domeñar todas esas piezas, tuercas, maquinarias, instalaciones y sistemas que a muchos, entre los que me encuentro, nos resultan tan insondables como ariscas. Mientras mantiene el parachoques de mi coche bien sujeto con una mano, con la otra busca cómo acceder a la bombilla del foco delantero y, al mismo tiempo, me detalla, intercalando su relato con tenues espasmos de esfuerzo, detalles de su trabajo. 
Le gusta hablar y le comento mi sorpresa por el hecho de que tanto su taller como el de su vecino, dedicado a reparar carrocerías, se encuentren repletos de vehículos, algo que se pensaría poco habitual en los tiempos que corren. “Los coches de fin de semana me van a dejar sin fin de semana”, me dice sonriendo mientras esgrime un destornillador eléctrico como si se tratara del puntero de un catedrático. En mi ignorancia, le interrogo sobre “los coches de fin de semana”, pues jamás había escuchado tal expresión, a pesar de que llevo casi tres décadas conduciendo.
“Hay muchas familias que tienen dos automóviles”, me explica con paciencia y como revelando un misterio que es conocido por todo el mundo. “Uno lo utilizan habitualmente los días laborables para llevar a cabo las tareas cotidianas, ir al trabajo, hacer las compras, acompañar a los niños al colegio… ya sabe, para hacer todas esas cosas que solemos hacer todos los días. Luego están lo que yo llamo ‘coches de fin de semana’. Éstos suelen ser más lujosos, se cuidan más y con más esmero, se limpian con detalle y suelen tener muy pocos kilómetros, y son los que estas personas utilizan para las escapadas del fin de semana a la segunda residencia, a esquiar o a visitar a los abuelos. Pero, claro, estos vehículos también exigen un mantenimiento importante, porque, al no utilizarse demasiado, es conveniente revisar sus niveles y la presión de los neumáticos, sobre todo. Y nosotros, encantados, claro”.
Se limpia las manos con un trapo repleto de grasa y me mira con la paciencia amable de quien sabe que su interlocutor se encuentra en un territorio ajeno que le resulta absolutamente incomprensible. “Ya ve que no es tan difícil reparar un faro”, me dice mientras me entrega las llaves del coche, y ante mi insistencia por abonarle la reparación, añade: “No se preocupe, se lo cobraré la próxima vez que vuelva. Lo mejor de los coches es que… se estropean”. Y se aleja, feliz, riéndose en silencio y limpiándose dos chorretones de aceite de la cara.
Salgo del taller, situado en el Paseo de Errondo de San Sebastián, dándole vueltas al tema de los “coches de fin de semana” y pensando que la misma sociedad que realiza esta escabrosa, petulante e innecesaria exhibición de poderío económico es la misma que ha colocado a los proetarras de Bildu al frente de la Diputación Foral de Guipúzcoa o del Ayuntamiento donostiarra. Hay en este territorio, y en el resto del País Vasco, una profunda obscenidad ética en el hecho de que una colectividad enriquecida, acomodada, mimada y consentida, que representando el 5% de la población española recibe casi el 40% de las ayudas sociales que se distribuyen en el país, sitúe en la cima de su entramado institucional a un puñado de proetarras asilvestrados, fanáticos antisistema e independentistas seducidos por la violencia.
Es como si a la izquierda “kokotxera” o al ultranacionalismo que viste de Prada, tan habituales en este país, les privara rebozarse en la barbarie. Pero la estupidez nunca es novedosa. Porque a estos bildutarras de “coche de fin de semana”, mariscada en las sociedades gastronómicas machistas y escapada elegante los “finde”, ya les bautizó el escritor Tom Wolfe en 1970 con el apelativo devastador de “radical chic”. El autor de “La hoguera de las vanidades” se inventó este título para describir en un relato inolvidable una lujoso fiesta dada por un puñado de intelectuales neoyorquinos enriquecidos, liderados por el músico Leonard Berstein, para “dialogar” con los portavoces de los Panteras Negras y para “entender los puntos de vista de las clases inferiores y de sus movimientos de rebeldía.”
No sé si el filoterrorismo exquisito pretende tanto. Pero un abogado bilbaíno, a su manera, me definió muy expresivamente lo que sucedió en Guipúzcoa en las pasadas elecciones municipales: “En Donostia han ganado los pijos. Como siempre”.

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