“(...) Enamorados de la moda juvenil, hipnotizados por los ritmos de aquel Frankie que se iba a Hollywood y seducidos por una canción de Roxy, fueron muy pocos los que supieron ver que detrás de cada atentado etarra estaban las víctimas (...)”

Película de Pedro Almodóvar en 1980
El lehendakari Patxi López, en una reciente conferencia, ha criticado el "silencio" y la ausencia del "exigible rechazo al terrorismo y la solidaridad con las víctimas" de los intelectuales en Euskadi durante los "años de plomo" de la actividad de ETA. Para el máximo responsable del Ejecutivo autónomo, un intelectual es la persona que, en su relación con la sociedad, se niega a mantener en silencio la realidad marginada y oculta. "Es la persona que rasga con sus manos el velo que oculta el sufrir ajeno. A esto es a lo que siempre hemos llamado compromiso". En opinión de Patxi López, en Euskadi, "muchas veces hemos sufrido la evasión de los neutrales, la equidistancia de quienes no han querido mancharse; conocemos lo que es una mirada esquiva o un silencio hiriente". 
A raíz de estas declaraciones, Raúl González Zorrilla, director de Euskadi Información Global, recuerda en un pequeño ensayo cómo era el mundo de la cultura y de la intelectualidad española en aquellos momentos negros de nuestra reciente historia.


En 1980, cuando España vivía enclavada dentro de una vorágine cultural que rompía normas, revolucionaba estilos y convertía ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia o Vigo en centros espectaculares de una nueva generación de jóvenes con auténtica necesidad de airear el panorama literario, musical, cinematográfico y artístico del momento, la banda terrorista ETA mató a más de un centenar de personas. Al mismo tiempo que Pedro Almodóvar comenzaba a salpicar las pantallas con colores ácidos, cuando Alaska deseaba ser un bote de Colón, mientras Radio 3 ardía en melodías creativamente demoledoras y paralelamente a la implosión de la movida madrileña encabezada por publicaciones pioneras como "La Luna", "Sur Express" o "Madrid me Mata", los artífices del coche bomba y el tiro en la nuca asesinaban, secuestraban, extorsionaban y situaban contra las cuerdas a todo un país que, al borde de un golpe de Estado que se consumaría algunos meses después, trataba de escapar del siglo XIX para aterrizar directamente en el corazón de la ultramodernidad.
Si miramos hacia atrás con la perspectiva que proporcionan los muchos años transcurridos, es posible comprobar cómo la radical evolución política, social y económica que se llevó a cabo en España durante el último cuarto del siglo XX se produjo siempre con el telón de fondo del terrorismo, bajo la presión de la barbarie y contra quienes insistentemente han hecho todo lo posible para que el complejo sistema de derechos y libertades que comenzó a fraguarse a finales de 1975 jamás llegara a consolidarse.
El hecho, triste pero absolutamente cierto, de que el terrorismo haya sido considerado durante mucho tiempo en España en general, y en el País Vasco en particular, como un algo que formaba parte del paisaje cotidiano, no es, de ninguna manera, ajeno al momento histórico preciso en el que la brutalidad alcanzó sus picos cuantitativos más elevados y al clima cultural que prevalecía en las sociedades occidentales más desarrolladas cuando los criminales decidieron apostar por el terror como herramienta de sublevación totalitaria.
Por aquel entonces, en los primeros años de la década de los ochenta, la posmodernidad irrumpió con fuerza en un país que, seducido por el brillo del oro fácil en una época de bonanza económica, solamente parecía tener deseos para alcanzar el diseño más innovador, la canción más moderna y exótica, la pintura más rompedora o el vestuario más llamativo. Lo nuevo, lo reciente y lo más "in" se adueñaron de un entramado ciudadano, esencialmente urbano, que, al ritmo de los pregones de Enrique Tierno Galván, de las composiciones de "Golpes Bajos", de los mejores anuncios publicitarios del mundo y de un nuevo socialismo lanzado hacia las más altas esferas del poder, apenas podía pensar en nada que fuera más allá de aquel espejismo dorado en que se había convertido el país solamente una década después del fin de la dictadura. Pero mientras un joven pujante llamado Mario Conde se convertía en el nuevo gurú de los universitarios, al mismo tiempo que Miquel Barceló ascendía al podio de pintor clave de los tiempos modernos y paralelamente al estallido de una sociedad civil, joven, burguesa, culta y efervescente, los terroristas seguían matando. Y, mientras lo hacían, algunos miraban hacia el lado contrario, otros se refugiaban en la manta tenue del pensamiento débil de Gianni Vattimo y, los más, optaban por seguir viviendo, por seguir disfrutando, sin complejos, de aquel tiempo de oropeles, quincallas y neones. A pesar de los criminales. A pesar de las víctimas.
Curiosamente, la posmodernidad, mezcla de corriente intelectual, moda cultural y síntoma de la época, había llegado a España desde Francia y Estados Unidos para convertirnos a todos en hijos de un tiempo donde el continente, la forma y la estética valían mucho más que el contenido, el fondo y la ética. Y así, enamorados de la moda juvenil, seducidos por aquella canción de Roxy e hipnotizados por los ritmos de Alphaville y de aquel Frankie que se iba a Hollywood, fueron muy pocos los que supieron ver que detrás de cada atentado etarra estaban las víctimas, que los huevos de la serpiente se incubaban en canciones de grupos presuntamente "alternativos" y que el lenguaje seductoramente críptico de pensadores como Jean Baudrillard no servía absolutamente para nada a la hora de enfrentarse a los tiros en la nuca, a los secuestros infames, a las extorsiones mafiosas o a los chantajes patibularios.
En aquella era del vacío, en aquel paréntesis fascinante en que se había convertido buena parte de los años ochenta, la desconstrucción ética y referencial que suponía el ideario posmoderno tuvo un efecto devastador en España y, sobre todo, en el País Vasco. Aquel vendaval de relajación en los criterios éticos, políticos, culturales e, incluso, religiosos, que llegó al país de la mano de unos medios de comunicación que, por primera vez en nuestra historia, poseían el poder y la influencia que naturalmente les correspondía, resultó ser casi inocuo para otras sociedades democráticamente más sólidas pero, entre nosotros, supuso la inmersión en un pozo de confusión, deterioro moral y reblandecimiento educativo que todavía no hemos abandonado. Lo posmoderno, con su carga de individualismo exacerbado, de apología del todo vale cultural, de hedonismo privado, de afición por la tramoya, de flexibilidad ética, de gusto por las apariencias, de pasión por la ceremonia y de apuesta por la riqueza de la confusión, podía ser, y de hecho lo fue, una herramienta precisa y oportuna para diluir el poder y la presencia, ya demasiado férrea y hostil en aquellos momentos, de determinadas ideologías políticas que pervivían en Europa desde el crepitar caliente de la guerra fría. Pero, se mire por donde se mire, de ninguna manera sirvió para delimitar, acotar y desenmascarar las muchas perversiones y patologías de todo tipo que, ya por aquel entonces, se asociaban con la barbarie terrorista. La posmodernidad llegó a su grado máximo de implosión con la caída del Muro de Berlín e, inmediatamente después, hubo quienes decretaron el ocaso de la Historia, pero, los que tan rápidamente clamaron por el final de los anales conocidos, nunca supieron que en el País Vasco aún se asesinaba por ensoñaciones fanáticas nacidas en el siglo XIX y olvidaron que en Euskadi aún se moría por defender principios básicos de libertad ya intuidos en el siglo XVIII.
De aquellos polvos que pisamos más allá de la modernidad llegaron lodos turbadores que, en un rizo criminal, nos retrotrajeron a las noches más oscuras de la miseria de los hombres. Del "Madrid me mata" aclamado en las noches infinitas de Rock-Ola al comienzo de los años ochenta se pasó, en una macabra línea de continuidad, a todo tipo de asesinatos indiscriminados. Y fue entonces cuando, más allá de la dramática inhumanidad de los asesinos etarras, por encima de la brutalidad manifiesta de los adalides de éstos, dejando a un lado la cruel mezcolanza de nacionalismo y fanatismo que atenaza a quienes "comprenden" el terrorismo y superando la idea simple de que los bárbaros matan porque es lo único que saben hacer para sobrevivir, comprendimos que una extraña enfermedad moral había atenazado a una sociedad como la vasca que había sido capaz de generar tantos silencios, perversiones, vergüenzas y complicidades como las que, un día sí y otro también, nos aturdían y espantaban.
El virus de la ignominia colectiva se alimenta del miedo, se nutre del terror grupal y encontró su paraíso reproductivo en un caldo de cultivo ideal amasado por quienes, amparándose en esa necedad del pensamiento postindustrial que afirma que todas las opiniones son igualmente legítimas, lo mismo justificaban la explosión de un coche bomba, las necedades racistas emanadas del PNV, los escupitajos ideológicos del entonces obispo José María Setién o las barbaridades dichas por un lehendakari como Juan José Ibarretxe que, en su momento intelectual más lúcido, llegó a afirmar que las víctimas del terrorismo no tenían derecho a expresar públicamente sus ideas, sus opiniones y sus reivindicaciones.
De verdad, resulta realmente difícil desentrañar los orígenes de tanta sevicia como se generó en el País Vasco al mismo tiempo que la banda terrorista ETA incrementaba notablemente su cifra de asesinatos. Probablemente, la impudicia que se padeció en aquellos “años de plomo” se encontraba directamente ligada a una falta de compromiso inocentemente potenciada por la ideología postmoderna, a la distorsión generada por un uso frívolo de las palabras que llamaban “organización armada” a los criminales de Hipercor, a la fatal consideración del terrorismo como un simple anacronismo en la incipiente era de los inmateriales o a la consideración profundamente disgregadora que durante mucho había llevado a contemplar el horror como algo "negativo, pero comprensible", dado el apoyo social que éste tenía en el País Vasco.
La postmodernidad, en última instancia, acabó convirtiendo su defensa a ultranza de la máxima flexibilidad ideológica en una licuación absoluta de múltiples creencias y valores que no solamente alcanzó a los grandes marcos políticos, sociales, culturales, económicos y religiosos que mal o bien nos sirvieron de guía durante varias décadas, sino que, además, y esto fue y esto es lo auténticamente demoledor, disgregó la capacidad de los ciudadanos para defender derechos fundamentales, principios básicos de comportamiento colectivo e, incluso, para percibir la importancia máxima que la protección a ultranza del sistema democrático posee para cualquier colectividad que quiera ser civilizada.
El minimalismo referencial que se instaló entre nosotros durante toda la década de los ochenta provocó, apoyándose en un paréntesis de fuerte resurgir económico, un efecto "Disney" que llevó a buena parte de la población, y especialmente a la mayor parte de los “intelectuales”, a creer que el complejo sistema de derechos y libertades sobre el que se asienta el bienestar colectivo había surgido por generación espontánea o que se trataba de un estado de cosas inmutable que, sencillamente, siempre había estado ahí. Y esa forma de enfrentarse a la realidad no fue solamente algo propio de los jóvenes nacidos paralelamente a la muerte del dictador. Lo peor de todo es que semejante grado de estulticia se adueñó también de muchos hombres y mujeres, escritores, pensadores, profesores, cineastas, periodistas y analistas de todo corte y pelaje, que, en principio, debían haber sido los responsables de dar la voz de alarma sobre la ignominia tantas veces repetida y padecida. El terrorismo se asienta sobre el miedo y sobre la cruel rotundidad de sus efectos. Pero si, además, sus campañas de terror se llevan a cabo sobre una sociedad éticamente desarmada y moralmente narcotizada, su brutal actividad se ve exponencialmente incrementada, con la lógica satisfacción de los más brutos del lugar.
Nadie sabe muy bien cómo ocurrió todo, pero la hoguera de vanidades que simbolizó los años ochenta, se apagó en los años noventa, dejando latentes apenas unos rescoldos de bisutería ideológica. La crisis económica que apareció en Europa al mismo tiempo que España quemada sus últimos cartuchos con la gran Exposición Universal de Sevilla y paralelamente al estallido de la guerra del Golfo, disolvió el huracán posmoderno y nos enfrentó nuevamente con las duras certezas y las contradicciones más cerriles de tiempos pretéritos que, en el fondo, nunca habíamos abandonado del todo. Las estrecheces monetarias, la ferocidad del desempleo, la pestilencia que surgió detrás de la tan alabada riqueza especulativa, el grado cero de lo político representado en la figura patética de un Luis Roldán agazapado en el sudeste asiático y la constatación cierta de que los años anteriores solamente habían sido un espejismo excesivo, tuvieron como resultado el resurgimiento entre algunos ciudadanos de cierta toma de conciencia social y la aparición de una nueva forma de ver la realidad política y social desde una óptica más cercana a la defensa de los derechos humanos y a las preocupaciones de los hombres y mujeres de la calle que daban sus primeros pasos en la última década del siglo militando dramáticamente en la "triple D" de los desorientados, los desideologizados y los desmoralizados.
Como no podía haber sido de otra manera, todos estos cambios, mínimos a veces, estentóreos en otras ocasiones, apenas tuvieron ninguna repercusión en los terroristas de ETA y en su forma de intervenir en la historia de los ciudadanos vascos y españoles mediante balas ciegas, explosiones sanguinarias y atentados indiscriminados. En la década que va de 1980 a 1990, el mundo occidental había cambiado radicalmente en su estructuración política, en su equilibrio de poderes, en sus concepciones intelectuales, en los productos culturales, en las elaboraciones artísticas que habían llegado al ocaso de todos los "post" y, sobre todo, en la manera que tenían los propios ciudadanos de verse así mismos dentro de una sociedad que percibían claramente en constante cambio. Nada de esto influyó en los asesinos, aunque, a finales de 1991, se cometió un hecho terrorífico que, por su impacto a través de unas espeluznantes imágenes en los medios de comunicación, sí que produjo una alteración importante en la forma en que la sociedad se enfrentaba al terror, anticipando, en alguna medida y sobre todo desde el punto de vista de la indignación social, lo que algún tiempo más tarde serían las movilizaciones históricas que se produjeron tras el asesinato del concejal del Partido Popular en Ermua, Miguel Ángel Blanco. El atentado de Madrid que costó la vida a Francisco Carballar Muñoz y que provocó gravísimas heridas, entre otras personas, a la niña Irene Villa y a la madre de ésta, supuso un punto importante de inflexión social porque las escenas de aquella masacre, reproducidas por las televisiones de todo el mundo, encendieron una mecha de cólera popular que, pocos días más tarde, se vería azuzada cuando la banda terrorista asesinó al niño Fabio Moreno, de dos años de edad e hijo de un guardia civil destinado en Erandio. Tras aquella barbarie etarra, 200.000 personas se manifestaron en Madrid en contra del terrorismo.

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