Sobre cómo Mariano Rajoy ha perdido una oportunidad histórica de convertirse en el gran líder reformista que la España del siglo XXI necesita

Pusilánime Rajoy 
Raúl González Zorrilla
Las medidas de ajuste que está tomando el Gobierno de Mariano Rajoy son todas ellas necesarias, pero claramente insuficientes, ya que no derriban las estructuras más anquilosadas, retrógradas y reaccionarias del entramado socio-económico español.
España, ahora apenas parcheada en sus múltiples males, algunos de ellos centenarios, se apresta a vivir el siglo XXI con un andamiaje institucional, con un bagaje normativo, con unos esquemas mentales y con unos marcos administrativos surgidos en su mayor parte en el siglo XIX.

Este país debe adelgazar, ser más productivo, ser más eficiente, ser más flexible, ser más decidido, ser menos engorroso, ser menos pretencioso y, sobre todo, colectivamente, debe dejar de actuar como los hidalgos zánganos medievales para comenzar a pensar como los pequeños y activos burgueses de las grandes revoluciones industriales de la historia.
España en general, y el País Vasco en particular, tienen que abandonar urgente y definitivamente esa concepción malsana de la vida, tanto privada como pública, en la que se desprecia el sentido de la iniciativa, en la que todo se deja en manos del Estado, en la que los derechos siempre son colectivos y nunca individuales, en la que los deberes propios son entendidos permanentemente como imposiciones ajenas y en la que un día sí y otro también se apuesta por el lío, la chapuza, la improvisación, la majadería, el amiguismo y el enredo. Pura hidalguía emponzoñada, avalada por una izquierda inúltil y unos sindicatos aberrantes que de tanto ir hacia el extremo se han dado con la cabeza en la pared.
La España del siglo XXI ha de ser más sólida, más compacta, administrativamente más pequeña, más fuerte y más rápida. Mucho más rápida. Pero el Gobierno de Mariano Rajoy ha renunciado a reducir significativamente el número aberrante de entidades y cargos públicos inútiles, duplicados, triplicados o prescindibles que engordan diariamente en los múltiples abrevaderos del poder. Y, sobre todo, no se ha atrevido a enfrentarse y a cambiar radicalmente una concepción desquiciada del Estado que, bajo la cúpula de una monarquía extravagante y de un Senado tan plurilingüe como oneroso y vacuo, alimenta una constelación tragicómica de autonomías ruinosas, televisiones locales peripatéticas, risibles embajadas regionales, diputaciones inservibles, juntas generales de chichinabo, parlamentos de todo tipo, direcciones, subdirecciones, secretarías, comisiones, delegaciones, misiones, cámaras, camarillas, ventanillas, agencias, antenas y oficinas prospectivas.
Al desistir de esta batalla, el Mariano Rajoy continúa apostando por el mismo país de latifundistas (ahora sutilmente convertidos en regionalistas, nacionalistas e independentistas), ruinoso, lento, folclórico, desalentador y escasamente productivo de siempre, aunque ligeramente más delgado. Y lo hace, además, a sabiendas de que por debilidad política y por falta de empuje a la hora de tomar decisiones trascendentales, está perdiendo una nueva oportunidad, quizás la última, de situar a España en el mapa de los grandes países que liderarán el mundo en el siglo XXI.

3 comentarios:

  1. Así es, teniendo respaldo absoluto en las elecciones, M. RAjoy ha optado por un continuismo atroz que nos ata, de nuevo, a la cola.

    Lamentable.

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  2. Estimado Raúl:

    ¿Algún comentario sobre el suicidio de Amaia Egaña, que iba a ser deshaucida en Baracaldo?

    ¿Cuando menciona las "estructuras más anquilosadas, retrógradas y reaccionarias del entramado socio-económico español" , se refiere precisamente a aquello que permite que estas desgracias pasen en nuestro país?

    ¿Quizás presisamente habla de esa legislación de 1909, ilegal a jucio de la CE, que tanto beneficia a la banca y que la clase política no se atreve de derogar y cambiar?

    gracias

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