"La Generalidad ha sembrado la mentalidad nacionalista con el concurso de los medios de comunicación, la educación en todos sus niveles y las más diversas actuaciones lingüísticas e identitarias"

La toma del poder por los nazis y la independencia de Cataluña
Autor: Fernando José Vaquero Oroquieta
Independentismo catalán y nazis
Muchos pensaban –desde políticos a periodistas, pasando por ciudadanos de todas las categorías- que el independentismo, más o menos explícito, de los catalanistas de CiU, era retórico; poco más que una herramienta chantajista al servicio de intereses básicamente crematísticos y cortoplacistas. Ante sucesivas y cansinas reivindicaciones, las consiguientes cesiones en materia económica, transferencias de competencias… y todo volvería a su cauce. Ya se sabe, con dinero de por medio, y algo de mano izquierda, todo se resuelve. Una fórmula, aplicada sucesivamente por UCD, PP y PSOE, que aparentemente funcionaba. Al menos sirvió para adormecer conciencias y salir del paso.
Que el presidente de la Generalidad catalana asumiera totalmente la manifestación independentista celebrada en Barcelona en la última Diada, proporcionándole una hoja de ruta, cogió a muchos políticos y periodistas con el paso cambiado. Pero, ¿realmente iban en serio? ¿No se conformarían con más transferencias, dinero para su crisis, o un concierto a lo vasco y navarro? ¿España federal, confederal o lo que fuera?
La lectura de “La toma del poder por los nazis. La experiencia de una pequeña ciudad alemana, 1922-1945”, versión ensayística de la tesis doctoral de William Sheridan Allen (Ediciones B, Barcelona, 516 pp., 2009) correspondiente a la edición revisada en inglés de 1984, proporciona cierta claves interpretativas de una situación inimaginable entonces… y ahora.
En primer lugar, constata que los nazis tomaron el poder, entre otros motivos, merced a la existencia de un clima cultural y metapolítico precursor de su propio programa en el que podían desenvolverse y crecer. Así, militarismo y nacionalismo pangermanista extremos eran ingredientes fundamentales de una cultura política muy arraigada entre diversos sectores sociales de la ciudad, especialmente la aristocracia, la burguesía, y la clase media-baja del extenso funcionariado presente en Northeim. Los nazis no predicaban en un desierto: no eran extraterrestres arrojados a un medio extraño y hostil. Sus propuestas, conforme a los análisis del momento, que se demostrarían fatalmente errados, no suponían una ruptura con algunas de las categorías mentales y los valores más significativos de ese amplísimo sector ciudadano. Numerosos clubs, agrupaciones deportivas y de tiro, entidades folklóricas, sociedades patrióticas y de excombatientes de la primera guerra mundial, asociaciones de intereses económicos, etc., engrosaban un potente tejido social proclive a la retórica nazi y, en todo caso, enemigo visceral del discurso oficial republicano de Weimar.
En segundo lugar: el rol del miedo irracional desatado por la crisis económica. La burguesía y la clase media de la ciudad de Northeim, si bien no fueron golpeadas por la misma como lo fueran sus obreros, sufrieron un miedo pavoroso ante la incertidumbre generada por esa nueva situación cuyo alcance estaba por determinar y de la que se desconocía una segura salida. En consecuencia, se arrojaron en brazos de quienes se presentaron como los más resueltos e ilusionantes: los nazis.
Tercer factor. Se incurrió, generalmente, en un gravísimo error: al ignorarse la naturaleza nihilista, irracional y racista del nazismo. De tal modo, no se percibió que determinados fines programáticos claramente expresados, por ejemplo su voluntad de exterminio del “enemigo judío”, eran sinceros y no menos excesos verbales.
A tamaño fracaso analítico de los rivales del nazismo en ciernes, se sumó –anulándoles como alternativa viable- una palmaria incapacidad en su elaboración de respuestas políticas a los desafíos reales del momento; especialmente entre unos socialdemócratas atrapados por una retórica extremista sin vocación revolucionaria ni voluntad de resistencia. Así, la demagogia nazi se presentó como la solución oportuna y deseable a la crisis, mientras que los demás partidos se mostraban rutinarios, apocados y poco imaginativos.
Algo parecido viene sucediendo en España con el tratamiento dispensado al nacionalismo catalán, a resultas de una incorrecta percepción de su verdadera naturaleza política; de ahí el estupor generalizado y la consiguiente parálisis que atenaza España.
El catalán, como todo nacionalismo, responde particularmente a motivaciones irracionales y sentimentales; sin que deba nunca ser subestimado por ello. Al margen de coyunturas precisas, todo nacionalismo consecuente deriva en independentismo. No puede conformarse con menos. Hoy, o mañana, todo partido independentista perseguirá la creación de una comunidad nacional: con Estado, si puede ser. De modo que, en última instancia, hoy nos encontramos ante lo inevitable; aunque ayer no se quisiera ver.
Mientras se ignoraban evidentes signos de alarma, la mentalidad nacionalista era sembrada desde numerosas políticas de la Generalidad a lo largo de las últimas décadas: especialmente con el concurso de los medios de comunicación allí presentes (públicos, pero también privados), la educación en todos sus niveles, las más diversas actuaciones lingüísticas e identitarias, y cuantas medidas de carácter económico coadyuvaran su programa. Y ello ante la inhibición, incredulidad, salvo posicionamientos ocasionales y marginales de las élites españolas.
Hoy día, la crisis que viene sufriendo España se ha manifestado abrupta y dolorosamente en el plano económico. Pero la situación actual responde a un estado moral previo. Y el nacionalismo se ha decidido, finalmente, a aprovechar esta situación dislocada y de desintegración. Ya no cabe marcha atrás.
Es posible que las variables económicas de una secesión territorial no sean valoradas adecuadamente por los actores en juego. Es más, desde una perspectiva netamente económica, la independencia es poco rentable: es algo de lo poco en que están de acuerdo al respecto todos los expertos en la materia. Pero no importa, pues para los nacionalistas lo más importante no es la economía: hay algo más, mucho más. Se trata del alma de su nación. Por ello, se han puesto en marcha.
Lanzado tan inevitable como aplazado desafío, algo deberá hacer el Estado español para frenar o neutralizar el proceso secesionista en curso; pues no parece que pueda limitarse a encauzarlo tal y como se venía haciendo. De momento, ante el anuncio de que el Gobierno interpondría un recurso ante el Tribunal Constitucional de convocarse un referéndum secesionista, se siguen escuchando las carcajadas de los nacionalistas. Pobrecitos: están aterrorizados ante tanta energía y decisión. Rajoy y sus chicos/as: huesos difíciles de roer...
El nacionalismo catalán se ha decidido por la ruptura en un momento muy delicado y acaso decisivo, contando con una sociedad en buena medida proclive a la aventura secesionista: a tal fin venía trabajando. Construían nación desde la cultura y la política. Desde las instituciones y la vida cotidiana. Imponían determinadas políticas lingüísticas, por ejemplo, no por mero capricho, sino como precisa táctica dirigida a un fin: sembrar para un día recoger. Entonces… ¡hablaban en serio! ¡Realmente aspiraban a la independencia de Cataluña! Y, todavía, no pocas de las preclaras mentes rectoras de España siguen sin asimilarlo…
El nacionalismo se ha beneficiado, al igual que los nazis, de análogas circunstancias, gracias en buena medida a la pereza, inconsistencia y falta de perspicacia de unas élites más preocupadas por un presente rentable para sus intereses personales o de casta, que por el destino de la nación española.
En este contexto, PSC/PSOE han incurrido, al igual que sus tíos del SPD alemán en los tiempos de Weimar, en una gravísima responsabilidad. En lugar de sostener una posición propia con vigor, obrerista, internacionalista incluso, y por tanto, enemigo de cualquier nacionalismo, se han rendido intelectual y vitalmente a una cultura antitética por definición, como es la nacionalista, haciéndola propia en una contradictoria mixtura.
En general, tal y como vienen declarando algunos líderes de UPyD, se ha renunciado, desde los poderes españoles, a cualquier “pedagogía democrática” que pudiera contrarrestar el adoctrinamiento masivo y la conquista de voluntades desplegados por los nacionalistas. Pero no sólo eso. Los políticos, periodistas, jueces e intelectuales que han liderado España en las últimas décadas, han desarmado moralmente a la nación española al errar –intencionadamente o no- en su valoración del verdadero programa nacionalista. Simultáneamente, privaban de contenido a toda expresión consistente de patriotismo español; asimilándolo a “franquismo”, autoritarismo, etc. El centro-derecha, por complejos. La izquierda, por sectarismo ideológico. Para colmo, como veíamos, han proporcionado irresponsablemente, a los nacionalistas, las armas –culturales, económica, institucionales- con las que se han impulsado hasta llegar a esta coyuntura.
España está en crisis: económica, social, nacional… ¡moral! Ante vicisitudes extremas, afloran miedos colectivos: a los otros, al futuro…, señalando chivos expiatorios: el judío, entonces, España, ahora. El miedo puede arrojar en brazos de los más decididos a sectores sociales no necesariamente identificados con su programa; emoción transfigurada en ilusión colectiva e iluminada por una utopía independentista. Una nueva patria, un nuevo horizonte, una nueva esperanza. Un miedo, ¡que contraste!, paralizador de una sociedad española agotada por la crisis y castrada por una casta oligárquica egoísta.
El juez Pedraz lo ha afirmado: la clase política española está en decadencia. Pero, decadente –concretaremos- sólo en lo que a su verdadera y más alta misión refiere: el servicio al bien común. Por el contrario, para perpetuarse en el poder lo ha hecho muy bien, imposibilitando cualquier posibilidades de regeneración y, acaso, de alternativa.
Lo lamentable es que en su fracaso como élite –en el sentido más elevado y acreedor del término- esté agarrotando a toda una nación, arrastrándola hacia una lenta y tal vez irremediable agonía cuando sus enemigos más acérrimos se lanzan a romperla.

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