"Los etarras que asesinaron a Luis Carrero Blanco actuaron como sicarios de altos dirigentes franquistas"

XXXIX aniversario
Nuevas revelaciones sobre el asesinato de Carrero Blanco (I)
"Desmontando a Iñaki Egaña"
  Andrónico (*)
Una de las señas distintivas de los simpatizantes del mundo de ETA es su extrema credulidad. Con esa fe del carbonero cualquier cosa que les llegue por parte de los líderes e integrantes de la “izquierda patriótica”, es considerado dogma de fe intocable y sobre el que no cabe la menor duda y mucho menos crítica.
En el campo de lo que antes se llamaba Historia y hoy se prefiere denominar con el subjetivo término de Memoria, el gran gurú de este mundo ha terminado por ser Iñaki Egaña. Éste, historiador autodidacta, ha puesto su pluma al servicio de la causa del ultranacionalismo batasuno en general y de ETA en particular.
Hoy se cumple un nuevo aniversario del asesinato del almirante Carrero Blanco. Si hay una acción en el mundo de los simpatizantes de la banda criminal que les tiene particularmente orgullosos y que han idealizado más es sin lugar a duda esta. Sin embargo, a medida que han ido pasando los años, algunos pacientemente hemos ido recopilando en entrevistas, libros de memorias, testimonios junto a distintos y distantes indicios, que ponen en duda el papel de ETA. Tal como ha señalado María José Grech en su excelente análisis de este suceso, publicado en Inmemorian, lo más probable es que los miembros de la banda “fueron simples sicarios de alguien que los utilizó para conseguir unos fines determinados”, muy probablemente por alguna o algunas de las familias de régimen franquista.
Ante este panorama, Iñaki Egaña ejerció su papel de "perro guardian” de la causa para frenar algo que puede arruinar ante su gente la imagen romántica de la gentuza que integraba el Comando Txikia. Así publicó en Gara un artículo titulado "La conspiración permanente", que diseccionaré para que podamos ver hasta qué punto las personalidades relevantes de la “izquierda patriótica” manipulan y falsean la realidad para de la manera más escandalosa seguir tomando el pelo a sus militantes y simpatizantes.
Primero, como ya es habitual en artículos sobre “conspiraciones”, incluye un listado de sucesos que han dado a lugar a las más estrambóticas teorías. Curiosamente, oculta uno fundamental: el asesinato del presidente Kennedy. Este crimen fue el punto de partida de las modernas tesis conspirativas que tanto desarrollo han tenido posteriormente. Entenderemos mejor este olvido teniendo en cuenta que hay una inquietante similitud entre los dos magnicidios. En ambos casos, las víctimas se habían granjeado un odio púnico de los más diversos y distantes sectores y por otro lado hay un consenso en la clase política de que detrás de los autores materiales, han quedado en la sombra los inductores o, como mínimo, quienes pudiendo evitar el crimen consintieron que ocurriera. Ante este precedente que demuestra, como mínimo, que es posible un magnicidio organizado o permitido desde círculos anejos al poder, Egaña opta por la ocultación y divertirnos con cuchufletas sobre los viajes a la Luna.
Otra táctica que utiliza es desviar la atención de los principales sospechosos, las familias políticas franquistas, pretendiendo que los “conspirativos” defienden la implicación de la CIA. A estas alturas, no hay el menor indicio de la implicación de servicios secretos norteamericanos más allá de la extrañeza de que todo ocurriera en las cercanías de su Embajada. Como mucho, si se enteraron, lo más probable es que se lavaran las manos entendiendo que era un asunto interno. Este apuntar el foco a una hipótesis sin mucha entidad le permite a nuestro protagonista dejar en segundo plano, lo que es auténticamente peligroso para la imagen romántica de ETA, su papel de sicarios de altos dirigentes franquistas.
Donde queda más al descubierto su tratamiento poco escrupuloso con la verdad es cuando intenta desmontar la abrumadora catarata de indicios que apuntan al patético papel que desempeñó la banda. Vamos a verlos uno a uno.
Numerosos testigos han señalado que aquel día no hubo, como había ocurrido en otros casos de atentados terroristas, ningún despliegue policial en carreteras, estaciones de ferrocarril y aeropuertos. Hablamos de personas tan distintas y distantes como la alcaldesa franquista de Bilbao Pilar Careaga, el conocido abogado opositor Juan María Bandrés, el socialista Fernando Múgica o uno de los propios hijos de Carrero Blanco. Niega la mayor y pone dos argumentos que evidencian hasta qué punto este señor es capaz de retorcer los hechos.
El primero es la orden del general de la Guardia Civil, Iniesta Cano, de realizar una gran movilización a fin de actuar con máxima dureza. La realidad es que, tal como cuenta el propio militar en sus memorias, esa orden nunca se tramitó. Años después, el general Sáenz de Santamaría señaló que la guardó en el bolsillo y, por lo tanto, no fue distribuida a las provincias, siendo desautorizada en seguida por el ministro de Gobernación Arias Navarro. Algún mal pensado creerá que aquello fue un teatro pero cualquiera sabe, dado que el señor Iniesta Cano ya falleció y, por otro lado, en sus memorias no incluyó dato alguno sobre el magnicidio ni tan siquiera ofreciendo su opinión sobre lo que pudo ocurrir. Lo cierto es que en contra de lo que sugiere Egaña, en la práctica esa orden nunca existió.
Nos habla de que hubo rastreos o detenciones e incluso cita la muerte en Madrid de Pedro Barrios a manos de un inspector de Policía que supuestamente lo confundió con Iñaki Múgica Arregui. En primer lugar, ya desde días antes había intensas operaciones antiterroristas en el País Vasco, de modo que el día 6 falleció en tiroteo el terrorista Jesús Arteche Ayeste y un día después eran 14 los miembros de la banda detenidos. En relación con Arteche, Egaña realiza su enésima manipulación al no consignar el día de su muerte presentándolo de tal manera que el lector no avisado entendería que ésta se produjo después del magnicidio. Es decir, presenta la ordinaria actuación policial como si estuviera vinculada al atentado. De las detenciones de Francia huye como la peste a la hora de comentar el ofrecimiento de la entrega de tres miembros de ETA (dos de ellos participantes en las misteriosas reuniones del hotel Mindanao) que un temeroso gobierno galo realiza a la embajada española y que de forma tan increíble fue rechazado por el entonces embajador y luego ministro Pedro Cortina.
Por otro lado, la dramática muerte de Pedro Barrios no se produce en la madrugada del 20 de diciembre, sino entre las dos y dos treinta horas del 21, es decir con posterioridad al atentado. Se produjo cuando tras encontrar en el sótano de la calle Claudio Coello un teléfono, la Policía acudió a la dirección de éste, encontrándose con el dirigente comunista Simón Sánchez Montero. Uno de los agentes que protegían la operación aquella fría noche estaba en un portal y tras salir de su trabajo la víctima entró en él. En medio de la oscuridad, al darle el alto, sale corriendo asustado y el agente, amparándose en la legislación que permitía disparar sobre alguien que huye, le dispara y mata. Otra vez nos encontramos con un hecho ordinario dentro de la normal actuación policial en la época lo presenta como ejemplo de un de "celo" especial generalizado tras el crimen.
Una de las partes intelectualmente más patéticas del artículo que comentamos es cuando pretende demostrar que ETA tenía la capacidad técnica y la experiencia suficiente para realizar un atentado tan complejo como este. Así nos pretende convencer de que en 1973 pudo hacer esto por sus propios medios y sin la menor ayuda, haciendo referencia a atentados realizados 13 y 18 años después, cuando ya habían atesorado una larga experiencia. La realidad, como es habitual en el caso de Egaña, es muy diferente. Si nos atenemos a los atentados realizados durante 1972 y 1973 por la banda terrorista y recogidos por la prensa, en total se realizaron 58 actos. De ellos 18, un tercio del total, fueron mediante el “sofisticado” uso de gasolina y líquidos inflamables. Con este método se destruyeron oficinas públicas, viviendas, coches y hasta una librería en Galdácano. El resto de los actos fueron mediante bombas activadas con el clásico y simple método del reloj. Sólo en una ocasión intentaron algo más complejo y fue el intento de voladura del nudo de Loyola y que fue frustrado ¡por un niño! el 8 de octubre de 1973.
En resumen, con el crimen de Carrero Blanco y sus acompañantes, ETA estrena el método de la activación de explosivos a distancia contra un objetivo móvil. Para ser unos novatos, hay que reconocer que el resultado fue de una perfección impresionante. Impresionante sobre todo porque Egaña tenía que conocer el testimonio de Xabier Zumalde "El Cabra" que, en su libro La botas de la guerrilla, explica que en aquella ETA renacida después de la “opa amistosa” que realizó EGI-Batasuna, desconocían prácticamente todo sobre el uso de los explosivos. Les instruyó personalmente, dándoles un manual que había elaborado y que él mismo reconoce era "muy primitivo y bastante artesanal". Con decir que este documento no incluía el aviso de que todos los detonadores que se usaban en las canteras eran de retardo con lo que ello suponía de problema para atentar contra un objetivo en movimiento, creo que está dicho todo. Además, Zumalde ofrece otro dato decisivo: entonces ETA sólo disponía de material explosivo, empezando por los detonadores, producto de robos en canteras.
En relación con este magnicidio, posiblemente el aspecto más inquietante son las dos reuniones que al menos tuvieron lugar en el hotel Mindanao. Argala se entrevista con un misterioso hombre que en una de las citas le entrega detallados datos sobre las rutinarias costumbres de la víctima. En la otra, le entrega un sobre con la dirección del sótano de Claudio Coello desde el que se realizará el túnel. Nuestro protagonista intenta descalificar este hecho señalando que el testigo de la primera reunión, Iñaki Pérez Beotegui "Wilson", habría explicado lo sucedido en base a las torturas y lo ilustra con la declaración de una persona que fue detenida en 2011 (sic). Lo cierto es que contamos con la declaración del ya fallecido terrorista, obtenida por Matías Antolín mediante micrófono oculto. En ella reconoció que existió aquella reunión, que efectivamente aquel individuo entregó el sobre con dicha documentación, que su declaración no fue producto de torturas y que al ver sorprendido que los policías no creían, como pensaba él, que aquel individuo fuera integrante de la oposición antifranquista, siguió hablando del tema pensando que ello le beneficiaba.
Para el final nos ofrece como fuente de autoridad a Eva Forest y su libro Operación Ogro. Reconoce que en éste se oculta el origen de la información alegando que había que "proteger a las fuentes". Así ofrece como prueba lo que no prueba nada, más bien lo contrario. Si han pasado casi cuarenta años, ¿por qué siguen manteniendo silencio los miembros del comando y de la dirección de ETA sobrevivientes? A estas alturas, proteger a unos antifranquistas parece una burla más que una explicación. ¿No será que en realidad se quiere proteger la imagen de ETA?
Sobre Eva Forest poco más hay que añadir al demoledor retrato y a las durísimas acusaciones que Lidia Falcón, poco dudosa de afinidades con la Dictadura y el actual sistema político, vertió en su libro. Sombras ampliadas en relación con el atentado de la calle del Correo en el libro "Yo maté a un etarra" de Jorge Cabezas, donde un inspector de la entonces Brigada Político Social ofrece datos inquietantes sobre el conocimiento real que tenían los mandos policiales sobre los planes de ETA en Madrid.
Según Egaña, es el fallecimiento de Franco lo que evita "esa condena a muerte que estaba dictada". ¿Dictada? El franquismo usó y abusó de los juicios sumarísimos y de los consejos de guerra con escasas garantías. La pregunta es ¿por qué a Eva Forest y sus compañeros no les aplican los expeditivos métodos que se aplicaron a otros miembros de ETA? No deja de sorprender como mientras el sumario de Carrero quedaba encallado y no avanzaba, el franquismo no tuvo el menor problema para acelerar, juzgar y condenar a muerte a los responsables del asesinato del cabo de la Guardia Civil, Gregorio Posadas. José Antonio Garmendia es herido y detenido en agosto de 1974. Ángel Otaegui fue detenido dos meses después de Eva Forest y terminó fusilado. Como mínimo, es sorprendente cómo el régimen consideró más importante ejercer su expeditiva justicia con quienes intervienen en el asesinato de un simple agente del orden en vez de sobre aquellos que tan destacado papel desempeñaron en el asesinato del delfín de Franco y en una de las más atroces matanzas de la historia del terrorismo.
Desde la “izquierda patriótica” se habla mucho de la creación de una Comisión de la Verdad. Si al final ésta se crea, no hay la menor duda de que allí debería de abordarse prioritariamente tanto el inexplicado asesinato de Carrero Blanco como la matanza que ETA provocó en la calle del Correo y las actividades de la persona que une estos dos sucesos, Eva Forest. Quizá en el seno de esta comisión podamos saber cual fue el papel real de esta enigmática mujer que tantos secretos se llevó a la tumba.

(*) Andrónico es el pseudónimo de un conocido experto en la historia reciente del País Vasco

5 comentarios:

  1. Oiga, señor Andrónico, yo creo que el cerebro del atentado contra Carrero fue la madre Teresa de Calcuta. Existen innumerables indicios de su participación. Algún día se lo contaré todo a usted y a su maestro, Álvaro Baeza.

    ResponderEliminar
  2. Querido lector anónimo.

    Cuando no se tienen razones, una de las tácticas es la de la cuchufleta. Los datos, los testimonios aportados ya sea directamente en el artículo como los recopilados en el artículo de María José Grech, para usted no existen. El hecho de que un montón de personas que vivieron aquellos hechos directamente, tales como policías, un general de la Guardia Civil, miembros de los servicios secretos, un destacado e influyente miembro de ETA, políticos de todo tipo de ideologías, uno de los jueces que investigó, etc. y etc., ofrezcan tertimonios y datos concretos que chocan frontalmente con la posibilidad de que todo fuera producto de una simple conspiración de ETA, llevada a cabo única y exclusivamente con sus medios, a usted le resbala.

    Que Iñaki Egaña, vaya tomando el pelo y estafe intelectualmente al personal, tal como queda demostrado, parece que hasta le hace feliz. Ya se sabe aquellos que tienen una mentalidad conspirativa como usted parece que demuestra, no están dispuestos a que la realidad les chafe sus sueños e ilusiones. Y el gran sueño en el País Vasco es la de que ETA "hizo justicia".

    En cuanto al cerebro, relea este artículo y el de María José Grech. En ningún momento nos pronunciamos sobre quien es o pudo ser el cerebro del magnicidio, por la sencilla razón de que no hay datos exactos y demostrados. Sobre la CIA no hay un solo indicio demostrado en su participación. Lo que si ha quedado demostrado, que desde la alta dirección de los servicios de seguridad del franquismo, se cortaron de raíz iniciativas de miembros de las fuerzas de seguridad que hubieran frustrado el ataque. Y de ello sólo podían ser responsables los que mandaban... o sea, los miembros de las diversas familias franquistas que entonces buscaban posicionarse ante la transición. Ya es una faena, después de tirarnos casi cuarenta años cantando el "y volo, volo..." pero la realidad es como es.

    Sobre Alvaro Baeza, lamento no poder decirle nada ya que de ese señor jamás le he oido entrevista alguna y sólo he leido una página donde hablaba sobre ETA: con eso tuve más que suficiente para saber que leerle era una total pérdida de tiempo. Usted parece que si ha preferido perder el tiempo con él. En fin cada uno es libre de buscar sus fuentes de información y usted ha demostrado un "buen ojo".

    ResponderEliminar
  3. Que penita das con este articulo!
    Cuanta ignorancia!

    ResponderEliminar
  4. Querido Anónimo. Si hay ignorancia indique usted donde está el error y aporte los testimonios oportunos que refuten a tantos y tan distantes testigos de los hechos que coinciden en lo fundamental: solos nunca podrían haber hecho nada. Si me lo demuestra, no tendré el menor reparo en rectificar: no soy como Iñaki Egaña. En si su comentario, confirma hasta que punto les pone de los nervios asumir que en esta historia, ETA sólo hizo el papel de sicarios por encargo de otros. De todas formas, gracias leer el artículo.

    ResponderEliminar
  5. Pues entonces habrá que sacar al señor Carrero Blanco, a su chófer y a su escolta de la lista de víctimas de ETA. ¿no?

    ¿Quién se inventó la parida de que había sido la CIA? El batallitas de Luis Manuel González-Mata Lledó "Cisne". ¿Cómo se llamaba el tío que puso las bombas incendiarias del DRIL en Barcelona a finales de junio de 1960 y que huyó de España con Reyes Marín Novoa, que era el tío que se había encargado de las bombas del DRIL en San Sebastián del 27-6-60 (o sea, el tío que se cargó a Begoña Urroz)? Arturo González-Mata Lledó. Cuán bonita es una familia unida, ¿verdad?

    ResponderEliminar

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...