"ETA, cuando dispara contra Gregorio Ordóñez, dispara contra su adversario político. Algunos de los que diseñaron esa sangrienta estrategia se ocultan hoy tras las siglas de Bildu"

Recuperándote
Ana Iríbar (*)
Hemos llegado a la mayoría de edad sin Gregorio Ordóñez. Nos lo arrancaron hoy hace 18 años. Hemos tenido que aprender a caminar, a reflexionar, a decidir sin él. Hemos superado todas las etapas posibles: dado nuestros primeros pasos, como un niño, en los años más duros de su ausencia; refugiados en cuentos y fantasías que nos han consolado en nuestra pubertad gris; hasta aprender finalmente a distinguir los sueños de la realidad, las promesas de su cumplimento, en una adolescencia desconcertante. Siempre alumbrados por el cálido y enérgico recuerdo de Goyo.
Aquel 23 de enero de 1995 empezamos a caminar tambaleantes bajo la presión de los terroristas, de su brazo político, de la intimidación permanente, de la pintada después de cada asesinato, "Ordóñez- fascista- asesino".
Cuando intentaban borrar la culpabilidad del verdadero asesino y hacer parecer a la víctima, paradójicamente, responsable. En una sociedad que miraba hacia otro lado. Sin el apoyo de las instituciones. Pero avanzamos sabiéndonos cada vez más, siguiendo el ejemplo de Goyo y de otros líderes después, como Fernando Savater, rompiendo la mordaza que nos imponía el miedo. Buscando la verdad hasta tropezarnos con ella: Ordóñez es la víctima inocente. ETA es el asesino culpable de su asesinato por el que debe pagar. Una verdad que abre los ojos a toda la sociedad y que devuelve la inocencia a cada una de las víctimas del terrorismo –ante las que el Estado debe responder con justicia– y señala a los únicos responsables de cada atentado terrorista y a sus cómplices.
Nos deslumbraban maravillosos cuentos, recuerdo el más encantador de todos, el de la derrota de ETA en todos sus frentes; lo firmaron el PP y el PSOE en el año 2000. La derrota de ETA y de su continuidad política. Algún tribunal español llegó incluso a ilegalizar a su formación política. Hoy sin embargo, con el beneplácito de otro tribunal español, vuelve a ser opción política, lo que provoca situaciones cuanto menos curiosas: la misma ciudad que votaba mayoritariamente hace 18 años a Gregorio Ordóñez, elige hoy un alcalde que lo es sin necesidad de condenar la historia criminal de ETA o pedir públicamente su disolución.
Recuerdo también otro cuento asombroso, el de la solidaridad con las víctimas del terrorismo, una de las grandes ficciones de nuestra absurda democracia. El Estado se declara solidario con las víctimas del terrorismo. Palabra de Ley. Pero esconde 326 asesinatos de ETA sin resolver. Esconde su propia irresponsabilidad. Esconde el duelo inacabado de 326 familias españolas.
Crecer en este país de ficciones ha sido una difícil tarea a lo largo de estos 18 años, especialmente cuando toda la fantasía se desvanece. El Estado de derecho se descubre al final de nuestra adolescencia como una nave sin rumbo fijo, a merced de los caprichos de dos partidos, PP o PSOE, y de otros que gobiernan desde el nacionalismo en sus feudos. Nuestra democracia es insuficiente, no ha sabido amparar a las 326 familias que no han tenido Justicia. ETA nos ha perdonado la vida, y el Gobierno y los partidos mayoritarios de este país se rinden ante tanta generosidad y devuelven con gestos de humanidad tan compasiva decisión. Y lo más terrible: el retorno a la más indecente de las preguntas para dar paso a otro cuento, el cuento final, el de la ‘construcción del relato’.
Me estremezco al pensar que han pasado casi 50 años desde que ETA cometiera su primer crimen y que en este país se olvide cuál ha sido la clave para devolver la dignidad a las víctimas, para reconocer la verdad, para deslegitimar el terrorismo. La eterna pregunta que dejaba ETA tras su reguero de pólvora: quién es la víctima, quién es el culpable. Y el significado profundo, toda la historia que esconden estas palabras, la perversión con la que han sido manipuladas para ocultar la verdad. Siento escalofríos al leer y escuchar a cuántos se empeñan en confundirnos esta vez con el cuento de la ‘construcción del relato’, un relato que todos parecen tener prisa en escribir. Nos anuncian que «ETA está derrotada»; pero desgraciadamente, ni se ha disuelto ni se ha entregado, ni ha renunciado a su proyecto político inscrito tras la siglas de Bildu. A nuestros políticos no parece importarles mezclar a demócratas con herederos de la política etarra, ni les molesta compartir pasillo y tribuna institucional con los defensores del proyecto político de ETA; e insisten en convencernos de su fantasía, nos repiten una y otra vez, «ETA está derrotada». Deberán saber que así solo consiguen legitimar a los herederos de ETA. Debo recordar hoy, con tristeza, especialmente a los responsables políticos en el País Vasco del PP, que Gregorio Ordóñez defendía la derrota de ETA y el aislamiento de su brazo político, para lo que pedía la colaboración de todos los ciudadanos. Que ETA, cuando dispara contra Gregorio Ordóñez, dispara contra su adversario político. Que algunos de los que diseñaron esa sangrienta estrategia se ocultan hoy tras las siglas de Bildu, inspiran su ideario y celebran su victoria.
Nuestros responsables políticos han decidido legitimar el proyecto político de ETA. Han obviado la conmoción que supuso el atentado contra Gregorio Ordóñez. Las voces que clamamos por la libertad de Miguel Ángel Blanco. La indignación que recorrió a todos cuando ETA asesina a Fernando Múgica. Allá ellos. Pero les pido al menos un asomo de honestidad en la construcción del relato. No enreden a los ciudadanos en un apartado vital para nuestra democracia: víctimas y asesinos son una verdad indiscutible, y lo es su significado histórico, lo es la inocencia de las víctimas frente a la culpabilidad de los terroristas. Y son además una mezcla químicamente imposible, socialmente irreconciliable, aberrante. No intenten manipular su significado, borrar la raya roja que los separa, para construir un relato en el que imperan los derechos de todos para ocultar o desdibujar injusticias y crimen organizado, para confundir de nuevo a víctimas y asesinos, a inocentes y culpables, legitimando así la perversa corriente que afirma que son las dos partes de un conflicto. De ser así, se estará escribiendo el relato más injusto de la historia. Y el más infame. Ya no somos niños. Algunos nos hemos hecho mayores de edad y estamos hartos de tanto cuento y tanta fantasía.

(*) Ana Iríbar es viuda de Gregorio Ordóñez


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