"No parece lógico que el Ejército esté dispuesto a morir por la Patria pero que no pueda opinar sobre ella"

"El silencio de los ejércitos"
  Ángel Tafalla Balduz (*)

Ángel Tafalla Balduz
No deberíamos confundir el silencio con la indiferencia. Desde luego, no es el silencio que mantienen las Fuerzas Armadas (FAS), sobre la situación actual española, síntoma de que les sea indiferentes lo que ciertos políticos en ejercicio vienen diciendo y amenazando con hacer con la unidad de España. Nuestra Constitución, y las leyes que de ella se derivan, establece la obligatoriedad de que los militares sean neutrales en asuntos políticos y sindicales. Esto es, además, lógico, pues los guardianes de las armas que defienden la Nación no deberían emplearlas -ni amenazar con hacerlo- contra sus componentes en un ámbito democrático estable.
Los militares deben excluirse pues de la dialéctica politica, pero ¿es la unidad de España una de esas ideas políticas ante las cuales los militares deben permanecer neutrales? ¿Cómo se les puede encomendar la custodia de la unidad de la Nación y, a la vez, no permitirles expresar su opinión sobre las razones de aquellos españoles -malos tal vez, pero españoles al fin- que la amenazan?
La evolución democrática, que en su inmensa mayoría inició el pueblo español tras la muerte del general Franco, ha tenido un grave defecto: se consintió que símbolos e instituciones tradicionales se identificaran con la época anterior. Como si España fuera un invento de Franco. Bandera, himno, Guardia Civil y policía, judicatura, fuerzas armadas y amor y respeto por España parecían cosas de la dictadura y no conceptos necesarios para poder vivir juntos en armonía y defender nuestros intereses colectivos ante competidores externos.
Algunos políticos autonómicos, con ciertos compañeros de viaje ingenuos o ambiciosos, aparentaron ser los garantes de la democracia mientras evolucionaban hacia un separatismo disgregador y convertían un hecho cultural enriquecedor -tener un idioma propio- en un arma política con que defender sus intereses de grupo.
El atacar, no solo a estos símbolos comunes tradicionales sino incluso a la Monarquía, usando la democracia como pretexto, se ha podido comprobar que tenía como verdadero objetivo el destruir la misma idea de España; y, no la excusa de borrar la memoria del franquismo. Los que debían defender esta unidad -entre otras instituciones, los ejércitos- callaron por miedo a ser acusados de añorar la dictadura. Se produjo un éxodo mental -inducido- de grandes sectores de la clase media -precisamente creada antes de 1975- hacia opciones políticas que, alegando desear mas cotas de libertad, usaban como instrumento, para sus fines particulares, el atacar la imprescindible unión.
Recientes acontecimientos demuestran que, más que la neutralidad política de las FAS, lo que se desea es poner una mordaza institucional, un excluirlos del dialogo político, incluso cuando lo que se debate es la misma idea de la unidad patria. Creo que todo esto es un error.
La sociedad española tiene derecho a saber -y no tan solo imaginar- lo que piensan sus ejércitos sobre la evolución de esta senda que emprendimos juntos hace ya más de 500 años; no parece lógico que estén dispuestos a morir por la Patria pero que no puedan opinar sobre ella. Opinar no es sublevarse, se opina con la palabra y no con las armas en una democracia aceptada, de corazón, por todos. La normalidad democrática podrá demostrarse cuando no se castigue y reprima la expresión de sentimientos institucionales a los miembros de la FAS, ya que el primero de ellos es indudablemente el respeto por las leyes.
Las ideas políticas de los nacionalistas separatistas se colocan mucha veces más allá de dichas leyes, en una voluntad de alterar radicalmente el entorno de nuestra convivencia; en eso se diferencian de las opciones institucionales, que desde luego admiten el cambio, pero de la Ley a la Ley, como sucedió durante nuestra Transición.
Con ocasión de la Pascua militar cabría desear que las FAS continúen manteniendo su silencio sobre la política pequeña pero que cuando, tarde o temprano, se abra el proceso de reformar las normas que nos han permitido llegar hasta aquí, se les consienta contribuir al debate institucional acerca de cómo debería evolucionar esa nación que han prometido defender. Ojalá esta nueva transición permita vertebrar más al pueblo español para que defienda con voz propia sus auténticas libertades e intereses, en lugar de confiar ciegamente en organizaciones que le han venido suplantando. Quizás las FAS puedan -y deban- también contribuir a esa política grande a que hacía alusión SM el Rey estas pasadas Navidades.

(*) Ángel Tafalla Balduz es Almirante

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