"La insolencia del Coordinador de Víctimas del Gobierno vasco es la misma que caracteriza a gran parte de los políticos de Euskadi y del resto de España"

"Txema Urkijo y los demás"
Autor: Raúl González Zorrilla

“Se da la paradoja de que muchas víctimas, no todas, están viviendo el final del terrorismo casi como un drama o algo traumático, cuando aparentemente debiera ser un motivo de satisfacción y de gozo. No perciben que el final es el que ellas podían esperar y se van acumulando reivindicaciones”. (Txema Urkijo. 25 de febrero de 2013) 

Por enésima vez, un político, o alguien que vive directamente de la administración pública y que lo ha hecho así con diferentes equipos de Gobierno, trata, no se sabe bien con qué conocimiento, con qué legitimidad o con qué experiencia victimal, de arrogarse el derecho a saber no solo lo que han de pensar las víctimas sino cómo han de sentirse éstas ante un pretendido final de la organización criminal que las ha convertido en tales.

La insolencia de Txema Urkijo, que es la misma que caracteriza a gran parte de los políticos del País Vasco y del resto de España, resulta en este caso especialmente manipuladora porque el ya ex asesor de Víctimas del Gobierno vasco sabe perfectamente que sus acciones y sus opiniones, siempre contemporizadoras con el imaginario emocional nacionalista, siempre renuentes a proclamar que la democracia ha de imponerse radicalmente sobre el terror y siempre abiertas a propiciar encuentros equidistantes entre los victimarios y las personas afectadas por las acciones criminales de éstos, no son compartidas por la mayoría de las víctimas del terrorismo que, en la mayor parte de las ocasiones, expresan sus opiniones individualmente o a través de las asociaciones mayoritarias de este país como la AVT, COVITE o Voces contra el Terrorismo.
Pero Txema Urkijo, y otros tantos muchos como él, no escuchan el discurso abrumadoramente mayoritario de las víctimas, que exige una lectura justa del pasado, que demanda que los asesinos cumplan sus penas, que denuncia la impunidad y que sigue empeñado en que se investiguen los más de 300 crímenes de ETA que todavía están por resolver, porque estas reclamaciones no encajan con lo que él, o sus superiores políticos, desean que sea el presente y el futuro del País Vasco. En este punto, no debemos olvidar que desde múltiples y diferentes ámbitos socio-políticos se está trabajando intensamente para que las permanentes reclamaciones de memoria, verdad y justicia que abanderan la gran mayoría de las víctimas del terrorismo se transmuten en otro tipo de peticiones, éticamente indecentes, que hablan de perdonar a los asesinos, que apelan a “sumar esfuerzos” entre quienes matan y quienes mueren y que exigen “olvidar” a quienes más han padecido la lacra terrorista.
Txema Urkijo, en su trabajo tan pretencioso como vacuo y manipulador en las diferentes “oficinas de víctimas” de las que ha formado parte, es, en este sentido, uno de los más conspicuos representantes de esta peculiar ética “prêt-à-porter” que tanta tradición y arraigo tiene en Euskadi. Se trata de una moralidad acomodaticia y dúctil, hoy excepcionalmente exitosa, que habla, efectivamente, en favor de los derechos humanos, demanda la paz, celebra el fin de los crímenes y valora la conclusión de la extorsión y de las amenazas, pero lo hace siempre con parches argumentales que difuminan la autoría de los asesinatos, que evitan señalar con nombres y apellidos a los responsables de los delitos, que abogan por extender la responsabilidad de la barbarie a toda la sociedad, que obvia a los muchos cómplices políticos de la atrocidad y que, en su nivel máximo de indolencia, llora por las víctimas del horror al mismo tiempo que consuela  a los victimarios en Nanclares.
Ante la paulatina imposición de este gran relato referencial, es totalmente comprensible que las víctimas del terrorismo vivan el presunto final de la banda terrorista que asesinó a sus familiares con una intensa zozobra, una honda preocupación y una fuerte indignación porque, entre otras cosas, la mayor parte de ellas tiene la convicción ética y la certeza intelectual de que ETA dice que deja de asesinar porque ha comenzado a ver fructificar sus objetivos. De hecho, la semilla del totalitarismo etarra ha germinado ya en el Diputación Foral de Guipúzcoa, en el Ayuntamiento de San Sebastián y en más de un centenar de consistorios de Euskadi y Navarra que están bajo el yugo de Bildu; los presuntos fines ideológico-políticos que los criminales decían defender con sus atentados, se han convertido ya en el eje central sobre el que pivota la política vasca, y hemos visto cómo el discurso de ETA se ha instalado cómodamente también en el Parlamento de Madrid. Por si todo esto fuera poco, el relato de lo sucedido que se está imponiendo en la sociedad vasca, y también en la española, es el que dicta un movimiento totalitario, con más de un millar de asesinatos a sus espaldas, en el que la desmemoria y la mentira histórica se alían para dar luz a un escenario irreal en el que "ha habido sufrimiento por ambas partes”, en el que “todos tenemos que ceder” y en el que hay que ofrecer espacios para “la reconciliación”.
Efectivamente, ETA dice que se marcha y lo hace enfangando de miseria las muchas instituciones que ya controla, amenazando con un perpetuo tutelaje del “proceso”, exigiendo “concesiones” a España y Francia, enorgulleciéndose de sus actos bárbaros, homenajeando a sus asesinos, sin reconocer ningún tipo de daño causado y sin pedir perdón a nadie. ¿Qué siente, señor Urkijo, ahora que se marcha, al saber que ha dedicado más de una década de trabajo bien remunerado con fondos públicos a sacar la cara a los terroristas a costa de humillar, mentir y manipular a las víctimas de éstos?


1 comentario:

  1. Esto nos pasa por someter la acción de la Justicia y la Libertad al siempre frágil y cambiante efecto de mayorias y minorias... ¿Se imaginan una propuesta que liberaria a violadores y asesinos de sus penas judiciales.. ? diriamos eso de: ¡¡¡Que barbaridad.. !!! pues... en eso estamos. Salú2.

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