"Albert Camus fue siempre el hombre de la solidaridad con las víctimas de todo tipo"

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"Un siglo de Albert Camus"
Autor: Alfredo Tamayo Ayestarán
Albert Camus

En 1957, Albert Camus recibía solemnemente en Estocolmo el premio Nobel de Literatura. Tenía 44 años, el premiado más joven después de Kipling. Pocos meses después, un 4 de enero de 1960, moría repentinamente al chocar su automóvil contra un árbol de regreso de la Costa Azul. El mismo Camus había dicho alguna vez que no existía muerte más absurda que la de accidente automovilístico.

Nacido el 7 de noviembre de 1913, Albert Camus dejaba tras de sí una obra literaria importante e inacabada en la que latía toda la inquietud y la angustia de nuestro tiempo. Los de aquella generación nos nutrimos mucho de la obra de Camus. Sentíamos que los interrogantes y las actitudes del escritor franco-argelino eran en gran parte los nuestros. Leímos y analizamos sus mejores obras: "Calígula", "El extranjero", "El malentendido", "El mito de Sísifo", "Los justos", "El hombre rebelde" y sobre todo "La peste", una de las mejores novelas, sin duda, del siglo XX. Eran tiempos de la filosofía existencialista y la pregunta por el sentido de la vida recurría una y otra vez en la obra de Camus. Como el problema más acuciante.
Daniel Joski, a los seis años de la muerte de nuestro autor trazaba en "Le Monde" una cálida semblanza que casi me la aprendí entonces de memoria. Decía Joski que Camus fue siempre un hombre en extremo generoso. Al recibir el premio Nobel no tuvo inconveniente en confesar que Malraux había hecho más méritos que él en orden a recibirlo. Camus fue siempre, continúa Joski, el hombre de la solidaridad con las víctimas de todo tipo. Levantó la voz contra la tortura empleada por el ejército francés en la guerra de Argelia, lo cual levantó olas de indignación en toda Francia. Fue calificado de antipatriota, de colaborador con el enemigo de Francia. Asimismo protestó contra las purgas de Stalin y la entrada de los tanques soviéticos en Hungría. De resultas de esto último fue expulsado del Partido Comunista francés. En polémica con Sartre llegó a decirle al autor de "A puerta cerrada": "Yo no he aprendido la miseria en Karl Marx, la he aprendido en la calle". Nuestro autor sabía muy bien adónde conduce la libertad de espíritu: a la soledad. Al final de una novela suya titulada "Jonas", los amigos del pintor se encuentran en su casa una tela virgen en la que tan sólo se adivina un garabato. No es posible discernir si dice "solidario" o "solitario". Joski concluye su retrato de Camus con un canto a su autenticidad. "A los que honraba con su amistad les comunicaba el gusto por lo auténtico. Cuando Camus te miraba a los ojos te sentías limpio". Otra de las razones por las que nuestro escritor nunca está pasado de moda es su actitud crítica frente a los nacionalismos. En una obra suya titulada "Cartas a un amigo alemán", le decía: "Amo demasiado a mi país como para ser nacionalista. Quiero que un día desaparezca la estúpida línea que separa Italia de Francia que con España forman una misma nación".
Albert Camus no era confesionalmente religioso. Pero siempre fue el hombre de la búsqueda. Nunca el furibundo antiteísta a lo Sartre. La aventura de los sacerdotes obreros en los años cincuenta llegó a fascinarle y se aproximó un tanto a la Iglesia católica . Pero el veto del Vaticano al valiente experimento le persuadió de modo definitivo de que tampoco la institución eclesiástica escapaba a la maldición del absurdo. No sé si fue entonces cuando escribió: "Tomaré a la Iglesia en serio cuando sus jefes espirituales hablen el lenguaje de todo el mundo y vivan en sus carnes la vida peligrosa y miserable que es la suerte de la gran mayoría de la humanidad".
Ha dicho muy bien Jean Daniel que la lectura del discurso que Camus pronunció en Estocolmo con ocasión del Nobel habría siempre que recomendar a aquellos que deseen iniciarse en la aventura vital y en la obra del escritor. En este discurso subrayaba que él era sencillamente un "pied-noir" argelino, pero no uno de los colonos enriquecidos sino alguien salido de los estratos más pobres, pero capaz de ser un honor para su país y para la humanidad.
De todos los párrafos memorables de su obra yo he retenido uno en el que se han fijado otros muchos. Está al final de su obra "La peste" y dice así: "El doctor Rieux (Camus) decidió redactar la narración que aquí termina por no ser de los que se callan y para testimoniar a favor de los apestados y de la violencia que les había sido hecha y para decir sencillamente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio".

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