España castiga al PP echándose en brazos de la izquierda radical

Ada Colau y Manuela Carmena
EIG. Redacción. San Sebastián.
Los resultados de las elecciones locales celebradas en España ponen de manifiesto que para castigar la política socialdemócrata del Partido Popular la práctica mitad de los ciudadanos no ha dudado en apoyar a líderes y opciones radicales y populistas que, a pesar de presentarse como “revolucionarias” y novedosas, solamente simbolizan lo más extraviado, demagógico y extremista de la tradición política española.
Resulta escalofriante que los electores hayan decidido que el merecido castigo que el Partido Popular ha recibido en las urnas deba ser impuesto por un movimiento totalitario pretendidamente de izquierdas que alienta comportamientos aberrantes y guerracivilistas propios de siglos pasados. Tras las votaciones municipales y autonómicas de ayer, las principales ciudades españolas van a quedar, muy posiblemente, en manos de un ingente número de ediles piqueteros, de diputados incendiarios y de parlamentarios autonómicos sectarios y excluyentes siempre listos para servir a las ideologías más reaccionarias, populistas y violentas.

Los casos de Madrid y Barcelona, que eventualmente caerán en manos de integristas de izquierdas como Manuela Carmena o Ada Colau, resultan paradigmáticos, pero lo mismo ha ocurrido en otros numerosos ayuntamientos y parlamentos de España que, en cuanto comiencen a funcionar los fanatizados “cordones sanitarios contra el PP”, quedarán a disposición de un amplio elenco de presuntos progresistas, de nacionalistas montaraces y de independentistas barriobajeros que, en sus mejores momentos, no han dudado en abrazar todo tipo de iniciativas filoterroristas, en jugar a la pose radical con los más incendiarios del lugar, en hacer manitas con los movimientos antioccidentales y por seducir a todo tipo de talibanes doctrinales.
La política errática, insulsa, prepotente y acomodaticia que el PP ha venido desempeñando a lo largo de los últimos meses ha abierto las puertas a la llegada de los bárbaros. Y estos antisistema de libro alumbrarán un paisaje ético desolador en el que, nuevamente, el término diálogo se santificará como una panacea casi mística, en el que se identificará como “fascista” a todo aquel que se atreva a disentir del pensamiento único pretendidamente progresista y en el que las más inmensas necedades morales e intelectuales, a fuerza de repetirse incesantemente en medios de comunicación tan apesebrados como afines, acabarán convirtiéndose en pretendidas verdades colectivas.
A pesar del efector moderador que pueda tener el hecho positivo de que una formación como “Ciudadanos” haya conseguido colocarse como la tercera fuerza política del país, los nuevos líderes que presumiblemente se harán con una parte importante del poder municipal y autonómico arrastrarán a la sociedad española a padecer una realidad purulenta en la que los peores de cada casa serán instalados como líderes del futuro, en la que los ciudadanos simplemente demócratas serán expulsados al rincón de los apestados y en la que, en el colmo de las vilezas, las personas simplemente decentes serán consideradas como peligrosos apologetas de la extrema derecha, del capital y de los poderes del Estado.
Esto, y no otra cosa, es lo que han decidido las urnas.

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